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Así vivió ‘Pepe’ Sierra, el hombre más rico de Colombia

Juan de Dios Cadavid y Martín Castrillón son compañeros inseparables, como la crónica y las fechas, las anécdotas y la risa o la historia y la necesidad de contarla. Una tarde de noviembre, luego de preguntarles quién fue ‘Pepe’ Sierra, esa necesidad afloró. Respondieron con naturalidad, como si hablaran de un viejo conocido.

Don Juan y Martín se entusiasman narrando la historia del más ilustre de los girardotanos, un negociante que incluso apeló a la actuación, pues engañaba a quienes les vendía tierras haciéndoles creer que no valían tanto. Con astucia y trabajo llegó a convertirse en el hombre más rico del país y, de paso, en referente de la pujanza que enorgullece a los antioqueños.

Las historias de Pepe las recogen don Juan y Martín en el Centro de Historia de Girardota, que fundaron hace 23 años para “conocer mejor el pasado del pueblo y saber quiénes somos”. También a ellos les contaron alguna vez sobre el campesino millonario, y ahora son ellos quienes cuentan lo que no registran los libros. En la sala de la casa de Juan de Dios, Martín insiste en que esta historia debería ser relatada con detalle, y empieza recitando un árbol genealógico de la familia Sierra que se remonta atrás, casi ocho generaciones y que termina así: “…y del matrimonio entre Evaristo Sierra y Gabriela Sierra nace en 1848 José María Sierra Sierra, el segundo entre diez hijos”.

Desde pequeño, José María fue muy astuto. El gusto por la tierra quizá lo heredó de su padre, Evaristo, quien tenía terrenos en lo que hoy es el Valle de Aburrá y un día quiso repartir 20 parcelas entre sus siete hijos varones. Ese fue el día en que su joven hijo Pepe empezó a trabajar la tierra, a aprovecharla.

–Él era muy inteligente y trabajador, difícil encontrar esas virtudes en alguien–cuenta Martín.

–Cuando tenía 15 o 16 años su parcela ya era productiva– le contesta Juan.

–Sí, claro, él ya molía caña, producía panela, la vendía. Además jugaba billar y siempre ganaba. Con esa platica les compró las tierras a todos los hermanos.

A los 22 años, Pepe se casó con Zoraida Cadavid Sierra, una niña de 14 años que había sido adoptada por sus padrinos de bautizo. Su mamá era Egidia Sierra, tía de Pepe.

–Creció en la inteligencia –dice el uno.

–Cuentan que era muy bonita –responde el otro.

Los Sierra Cadavid fueron a vivir como marido y mujer con los papás de Zoraida. Pepe se ofreció entonces a administrar el trapiche de su suegro; con el paso de los años, lo convertiría en uno de los más modernos de Antioquia.

Dicen que cuando todos dormían, el joven campesino planificaba su jornada y se iba a los otros pueblos a vender. Poco a poco, sus negocios en Girardota y sus alrededores tomaron vigor, florecieron tanto que llegaron hasta el Valle del Cauca. En medio de esa prosperidad, sus hermanos Lorenzo y Apolinar se convirtieron en administradores de sus negocios.

–Dicen que Lorenzo era incluso mucho mejor trabajador que Pepe, que no solo trabajaba, sino que hacía trabajar –recuerda Martín.

Y de Apolinar también hay anécdotas, que cuenta Juan de Dios entre risas:

–Apolinar administraba las haciendas del Valle del Cauca. Dicen que un día Pepe estaba por allá, paseando, y que le preguntó: “Oíste, hombre, ¿de quién será esa finca tan bonita?, ¿será que no la venderán?”. Y le respondió Apolinar: “Pues de quién va a ser, hombre, y cómo la van a vender si la finca es tuya”.

Pepe veía el potencial del potencial, así que un día ya no solo produjo panela, sino que además empezó a fabricar licor. “Él se las ingenia con el gobierno departamental para hacer aguardiente. Motiva a los alcaldes municipales a celebrar fiestas para luego vender su licor. En su fábrica trabajaron mi abuelo y mi papá”, recuerda Martín, pensionado del Ministerio de Justicia.

Entre sus negocios, por supuesto, estuvo también la ganadería. “Eso sí, todo era blanco orejinegro, si usted tenía uno de esas características, se lo compraba o lo robaba, lo que fuera, pero era exclusivo de él, con eso, si alguien tenía de esas vacas, él ya sabía”, aseguraJuan de Dios, presidente del Centro de Historia de Girardota y aficionado a la fotografía.

¿Montañero?

Con la experiencia, el campesino del decir y el hacer ratificó que diversificar los negocios era esencial; la tierra, una mina de oro, y el ahorro, una fuente de vida. Era modesto. No le apasionaba gastar, prefería invertir, aunque muchos dudaran de sus decisiones. “¿Va a comprar esa tierra? ¡Este sí es montañero!”, cuentan los historiadores que le dijeron a Sierra después de adquirir predios de aparente poco valor en Medellín y Bogotá. Por ejemplo, el terreno donde hoy queda el Museo El Chicó.

–Chicó era una finca muy cienagosa, ¿cierto, Martín?

–Sí, sí, y Pepe dijo: “Yo la compro”, y le decían: “¿Para qué? Eso tan lejos del centro no sirve de nada”. Eran solo nueve kilómetros de distancia, pero él se dio cuenta de que por ahí algún día pasaría la carrera Séptima y hoy es uno de los sectores más costosos de Bogotá.

¿Cómo estimulaba a la gente para comprarles? El decía: “No… no… no me interesa, eso no deja”, pero con el fin de que los vendedores se sintieran mal, hasta que en un momento volvía y decía: “¿Cuánto pide por ese berriadero?”, y lo adquiría ‘guirriado’ muy barato, y así se quedaba con las fincas.

–Entonces todos comentaban, “este sí es bobo”, la gente pensaba que le estaban dando por la cabeza a ese montañero, pero resulta que era al contrario.

A los 37 o 40 años, Pepe Sierra ya era considerado el hombre más rico de Colombia. Su fortuna, incluso, lo convertía en el mayor prestamista del Estado.

En Bogotá, Pepe Sierra alcanzó el máximo prestigio. Vivía muy cerca de la Casa de Nariño y sus diez hijos terminaron casados con algunos de los personajes más influyentes de la época. Con el tiempo, varios se marcharon a Europa, a donde también se fue Zoraida, su esposa.

Una serie de hechos que incluyeron el despilfarro de dinero de sus hijos, la decepción ante inversiones fallidas y un accidente en un coche tirado por caballos, fueron determinantes para que el espíritu emprendedor del antioqueño comenzara a apagarse como la luz de las habitaciones de su casa en Medellín. “A él le fastidiaba, le daban crisis nerviosas”.

–Viste, Juan, él murió y a los 40 días se fue su esposa, pero ya ni siquiera estaban juntos, ella vivía en París –puntualiza Juan de Dios.

José María Sierra Sierra murió el 7 de abril de 1921 luego de alcanzar una enorme fortuna. En Girardota, donde aún vive su recuerdo, dicen que fue ingenioso, avaro, tranquilo y hasta ‘cositero’. Lo cierto es que es un referente entre su gente, y sus vivencias, como sucede entre Martín y Juan de Dios, siguen siendo motivo de conversación.

TOMADO DE REVISTA SEMANA.COM