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Consejos para ser un buen jubilado

Una reflexión de Nicanor Restrepo
Por: 2Orillas     | diciembre 15, 2013

Me han puesto una tarea más testimonial que nada y hablar de sí mismo casi nunca queda bien, pero sin embargo voy a contarles, porque no tengo otra manera de hacerlo, lo que ha sido mi experiencia en este proceso de adulto mayor, empezada bastante más adelante de los 50 años, a los 62. Soy pensionado de Protección, y esa es la edad en la que los pensionados por los fondos privados podemos empezar a ejercer ese derecho. De manera que mi experiencia es más corta porque entre los 50 y los 62 estaba todavía vinculado activamente a mi actividad profesional.

Cuando uno enfrenta el reto de envejecer dignamente — lo cual no solamente es natural sino maravilloso, es parte esencial de la vida — tiene que entender, primero, que es un ciclo, una etapa muy rica en la medida en que como tal se interprete. Es una etapa para la que uno tiene que prepararse. No puede notificarse de repente, como una especie de Dorian Gray que hizo ese pacto con el maligno para no envejecer a cambio de que le entregara su alma y cuando ya llegó la hora de entregarla, quedó como una momia y perdió sus atributos y su belleza.

De manera que es un proceso al que se llega naturalmente. Así, hay que tratar de llegar bien desde el punto de vista de la salud y bien de las previsiones financieras y económicas para que en una etapa en la que hay menos productividad y menores ingresos se pueda vivir con dignidad. O sea, tiene que tenerse una concepción del ahorro, de la austeridad, de las restricciones, que no son de ninguna manera antipáticas. Si se les interpreta bien, se convierten en algo que enriquece, en lugar de lo contrario.

Cuando se ocupa una posición como la que tuve al final de mi carrera profesional —de la carrera profesional activa, porque la intelectual no termina hasta que uno no termine su ciclo vital—, de presidente de una organización importante de la ciudad y del país, tiene unos privilegios que corresponden a la empresa, menos que a la persona. O sea, tener, por ejemplo, un automóvil con un conductor, tiquetes para viajar y desplazarse a cualquier parte, clubes sociales donde atender las relaciones tanto profesionales como personales, en fin… un montón de gajes, además de tener un buen salario. Cuando uno se jubila, el ingreso se convierte en una fracción muy modesta de lo que se ganaba cuando se era activo. Con los ingresos altos, a pesar de todas las discusiones que hay ahora sobre los temas pensionales, la pensión no alcanza a ser, como en el caso mío, ni siquiera el 6 % del último salario. De manera que cuando se pasa de un ingreso alto “x” al 6 %, si no se han calculado bien las cosas, la situación se vuelve muy difícil. Una manera de preverla no solamente es ahorrar para que haya algún complemento en lo posible, sino también no acostumbrarse a cosas innecesarias, suntuosas e inútiles. Más bien, acostumbrarse a vivir modestamente, a vivir austeramente, a no confundir nunca lo que es propio con lo que es ajeno. Me refiero a que muchos de los privilegios que disfruta un ejecutivo en una empresa pertenecen a la empresa misma, es al carácter de la representación que tiene, menos que a él.

Cuando se pasa, como me tocó a mí, de ir en un carro blindado con escoltas —que no es propiamente un privilegio, es una tortura, y no es ni mucho menos producto de la importancia o el papel personal, sino de la representación que tenía quien dirigiera esa organización en su momento— a ir en un carro donde uno puede abrir el vidrio, puede sacar la mano como las señoras para voltear para un lado y para el otro, además de que no sabe dónde parquear, no sabe la vía, no sabe nada porque hace mucho tiempo no maneja, se siente un cambio brusco, pero interesante. Todavía más cuando uno pasa de ese mismo carro blindado, que es como una especie de coche mortuorio, a desplazarse en una bicicleta, como lo hice yo, para ir por unas calles desconocidas pero apasionantes. Es una experiencia maravillosa.

Entonces pienso que una de las ideas que tienen que tenerse claras cuando se va llegando a estas edades es que lo que viene adelante tiene obligatoriamente condiciones distintas. Hay que vivir con mucho menos presupuesto, y eso es válido no solamente para el ejecutivo, sino para el empleado mismo. Quienes son más afortunados tienen una pensión del 75 % de sus ingresos, pero ese 75 % de los ingresos es muy poco porque los ingresos eran muy pocos para poder obtener ese porcentaje. De manera que tiene que haber ante todo una visión muy clara de una de las situaciones que angustian en la tercera edad o en la edad adulta: la parte económica. Siempre la economía familiar, la economía personal si no se manejan bien, se convierten en un verdadero drama interno y psicológico. Primero, entonces, juicio y orden en lo que son las finanzas personales, conciencia de que se han de perder seguramente muchas oportunidades, pero que no son de ninguna manera necesarias.

Si uno pudiera hacer una lista de lo que quisiera hacer y no hizo, ella en la medida en que se envejece se va agotando porque hay cosas que uno definitivamente empieza a entender que no es necesario mantener en esa lista.

Lo segundo, a mi modo de ver, es entender que esa etapa final de la vida requiere un proyecto de vida. Uno no puede encontrarse de repente con que pasa de trabajar muchas horas al día a una condición en la que se dice: “Qué bueno, voy a poder dormir por fin hasta las nueve de la mañana”. Y resulta que desde hace muchos años, y a medida que le pase el almanaque, le da más dificultad dormir hasta las nueve. O decir: “Me voy a dedicar a descansar porque es que este cansancio, este estrés, esta fatiga del trabajo diario, la presión del jefe, la angustia, el transporte, las malas noticias, todo lo que ocurre es definitivamente es desgastador. Me voy a dedicar, entonces, a descansar porque nunca he tenido oportunidad más allá de tener 15, 20 días o un mes de vacaciones”. Cuando el tiempo de inutilidad en las vacaciones empieza a correr, se convierte en una angustia monstruosa, es decir, al cabo de un mes uno no sabe qué hacer, y le faltan todavía años de descanso. Entonces no puede pensarse que esa vida del adulto mayor vaya a ser una vida dedicada al ocio contemplativo y menos al ocio creador, como diría algún autor. No, es una etapa que el ocio no puede de ninguna manera llenarla.

Otros afirman: “Voy a aprovechar para dedicarme a lo que siempre quise hacer: leer” y resulta que la gran mayoría de los que se jubilan no han leído nunca, entonces da mucha dificultad empezar a leer a esa edad porque no se sabe ni siquiera qué leer. La verdad es que en nuestro país, si uno toma la estadística más ácida de todas, se lee alrededor de un libro y medio al año, de los cuales la mitad son textos, o sea los que leen en las escuelas. Quiere decir que un colombiano medio se lee un libro en dos años. Cuando lo termina, no sabe ni de qué se trata. Entonces el que dice “Voy a dedicarme a leer”, asume una postura un poco humanística sin tener ninguna experiencia en eso, rápidamente devuelve el primer libro, termina hasta sin leer el periódico, etc. Lo mismo sucede con el que afirma: “Voy a dedicarme a la música”, “Voy a dedicarme a no sé qué placeres intelectuales”.

Pienso que un proyecto de vida, de qué hacer con los años que me quedan, tiene que ser una pregunta que debemos ser capaces de respondernos, y muy difícilmente lo hacemos. Muchos de mis amigos, muchos de mis colegas se tropezaron de un día al otro con la notificación de que se jubilaban y empezaron a ver el drama de “qué hacemos”. Los que somos parte de un hogar y tenemos esposa, como yo —las esposas son maravillosas, por eso vivimos con ellas tantos años y son las madres de nuestros hijos y merecen todo nuestro respeto y nuestra gratitud— empezamos a estorbar en la casa, y nuestras señoras a decir: “Uno todo el día con el santísimo expuesto”. Esa relación se va volviendo catastrófica y el hombre se neurotiza y empieza a comentar: “Pero quién sacude en esta casa, qué polvero”. Entonces se convierte en un problema estar interminablemente en el hogar, porque se convierte también en exigencias que perturban la paz familiar.

Muchas veces, como cuando se envejece se pierden la habilidad, movilidad, capacidades, y es natural, las esposas empiezan a ser muy celosas de las tareas que hace su esposo. Conozco un caso en el que el señor —que era un científico, un Ph. D. en ciencias agronómicas, un hombre muy ilustre, muy importante, muy activo, intelectualmente y físicamente— cuando se jubiló se ofreció a hacer todas las vueltas que había que hacer en la casa. Entonces iba a comprar el mercado elemental, o sea, las frutas, las verduras, y el grano y los jabones los compraba la señora; a pagar los servicios públicos adonde fuera, ni siquiera a los almacenes, sino a las Empresas Públicas; a comprar el periódico porque era más fácil que la suscripción; a pagar en el banco, a reclamar la chequera. Bueno, hacía todas las vueltas que había que hacer en la casa, y se iba a pie cuando había un buen día, para poder hacer ejercicio. La señora empezó a decirle: “Usted ya está muy viejo, lo va a matar un bus, lo va a matar una volqueta” y lo empezó a restringir hasta que acabó con el pobre señor, ya no lo dejaba hacer nada. Entonces se le encerró el santísimo expuesto en la casa y fue el drama.

Parte de lo que las empresas y la sociedad tienen que hacer con los que envejecemos es notificarnos de que esa etapa que viene es la última, sí, pero una etapa que puede ser maravillosa. Esa es una de las cosas que uno tiene que entender, pero que no es fácil entenderla. Es una etapa que tiene muchas consecuencias económicas, financieras. Estamos en una sociedad que se envejece, donde somos cada vez más los viejos y cada día duramos más, y por supuesto nos enfermamos más y de enfermedades más costosas. Además hay en la sociedad otro fenómeno muy grave que también conspira contra lo que es el bienestar del adulto mayor, que es el desempleo. Si miramos un país como Grecia, el 65 % de los jóvenes menores de 30 años no tienen trabajo, entonces uno se pregunta: “¿Cuándo van a conseguir un trabajo que les permita ahorrar para jubilarse?”. Pero es que ya llevan perdidos 10 o 15 años o cosa por el estilo. Deberían estar cotizando desde hace 10 o 15 años.

Y en nuestro caso, ¿cuántos colombianos hoy, desempleados puros, jóvenes la mayoría de ellos, no cotizan? Entonces ¿con qué se van a jubilar? ¿Cuántos informales no cotizan? En Colombia, no sé la cifra, estamos hablando de porcentajes enormes. Este es un problema que se suma a una sociedad que se envejece, que tarda más tiempo en reciclar a los viejos, que por supuesto son más costosos desde el punto de vista de todo: del entretenimiento, de la salud, por supuesto, de la vivienda, de la cultura, de las enfermedades que aparecen. En una sociedad como la francesa, las enfermedades psiquiátricas correspondientes a las personas mayores han aumentado de una manera monstruosa.

Todos sabemos que en la medida en que envejece el ser humano, enfermedades circulatorias, artritis, Alzheimer y otras producen una gran cantidad de problemas psicológicos. Pero no solo los producen ellas, también, por ejemplo, la soledad. Hay sociedades que se están volviendo solitarias, donde los ancianos viven muy mal, sociedades como Francia que tiene mucho desarrollo, y aún así las pensiones medias son paupérrimas. Vivir hasta los 90 o 95 años con un perro —porque los hijos están a tres cuadras y nunca los visitan—y sostenerse con 800 euros es una mala condición de vida, ese es un mal ingreso en cualquier parte del mundo, incluyendo a Colombia.

Allí tienen ciertos privilegios, no les suben los arriendos, tienen algunas posibilidades, pero el panorama ante las enfermedades de carácter mental, de carácter psiquiátrico en una sociedad desarrollada como Francia, por ejemplo, son gigantescas. Conozco un hospital cerca de París, un hospital psiquiátrico que es premio de arquitectura de construcción hospitalaria, que tiene cupo para 4.000 pacientes, y de estos, solo 300 pueden dormir en el hospital, que son los que están más delicados. Los otros 3.700 van todos los días al hospital porque no pueden estar solos en la casa, pero a las cinco de la tarde tienen que llevárselos otra vez a sus residencias pues no tienen dónde dormir. Es un hospital como a medias. Son 4.000 pacientes “solamente”.

En la sociedad van apareciendo unos problemas que están relacionados con el mismo cambio de la sociedad. Miremos lo que pasa aquí con los adultos mayores y con el desempleo. Sin la solidaridad tan fuerte que hay acá, uno no podría entender cómo es posible que con los ingresos tan bajos, con la inequidad que hay en el ingreso en Colombia se den casos de que con unos salarios mínimos vivan tantas personas. Es corriente ver, por ejemplo, y es normal, muchos ancianos que viven en las casas con una hija, con sus hijos, con los nietos o con otros ancianos. Eso en otras sociedades es casi inexistente. En las sociedades desarrolladas ha habido en este momento un regreso. Hoy por hoy, por ejemplo en España con la gran crisis que hay, muchos jóvenes están viviendo de las pensiones de los papás o de los abuelos porque no tienen con que vivir. De manera que se ha dado un regreso de los jóvenes a las casas de los abuelos y viven con una pensión mínima un montón de personas.

Volviendo a Colombia, e insistiendo en lo que es la solidaridad, en todas las familias tenemos desempleados, pero no se mueren de hambre porque de alguna manera las familias se solidarizan, se redistribuyen, apoyan esas circunstancias, lo mismo con los ancianos. Acá, ¿cuántas instituciones solamente para manejo de ancianos en asilos especiales o en casas de retiro, en casas de reposo debiera haber? Muchísimas más de las que tenemos, pero no hay presupuesto. Así, muchos ancianos siguen viviendo en la familia hasta el último día, siempre hay una hija con buena voluntad. Pero eso está desapareciendo porque las familias son mucho más pequeñas, hay más movilidad geográfica. Mi madre murió de 91 años, como decían los poetas en los obituarios, “rodeada del afecto de los suyos”, porque éramos 12 hijos, de los cuales la mayoría vivíamos aquí, todos muy cerca de ella, mi mamá nunca estuvo sola. Pero si esa situación la comparo con la de mi mujer, que tiene dos hijos, cuatro nietos, nada de raro que cuando esté en las edades de mi madre no vaya a tener a ninguno de ellos cerca, y por supuesto tampoco a su marido, pues nosotros vamos primero de viaje que las mujeres, esa es una condición también un poco inequitativa de la vida, pero cierta.

Las condiciones del adulto mayor en una sociedad que evoluciona, en la que se reduce el número de la familia, en la que se modifica la movilidad de los miembros (de pronto alguno trabaja en el exterior), en la que se van creando también unos nichos de soledad social muy grandes, van produciendo también a la par en ellos muchas enfermedades y muchas dolencias sociales. Pienso que una de las primeras cosas es que tiene que haber una conciencia clara, y eso es una pedagogía muy difícil de hacer. Sé que en las empresas hacen esfuerzos por notificarles a todos los miembros de las empresas que allá se va a llegar, y que llegar allá no es un castigo divino, es un privilegio si se interpreta como tal. Que es tener una etapa, la última de la vida, pero que puede ser muy rica en la medida en que también se le enseñe qué es esa riqueza.

No se tiene muchas veces posibilidades de cambiar 180° de actividad. Es muy trabajoso. Cuando lo único que se ha hecho en la vida es trabajar, casi que lo único que se sabe hacer es trabajar. De manera que pensar en aprender a no trabajar es algo que requiere también alguna imaginación. Pero primero hay que romper con la idea de que el adulto mayor es como un mueble viejo que estorba, que no sirve para nada, porque él termina por creérselo. Una cosa que es muy importante en la vida es entender que cuando se cambia de actividad, cambian automáticamente muchas relaciones. Muchas de las que se tienen en la vida afectiva son compañeros de trabajo, personas que se han conocido a lo largo de la vida de trabajo, y cuando se deja de ir a esa organización, pues se deja de verlas porque se quedan allá. Entonces empieza uno a sentirse que lo abandonaron, que no lo quieren, que “yo ya no soy nadie”, que lo olvidaron. Así, empiezan a aparecer sensaciones en la gente que no son ciertas. Simplemente cambian el entorno y la proximidad, y eso hay que entenderlo.

Yo aprendí desde muy chico una idea que mi padre nos inculcó, que decía más o menos lo siguiente: “Bástale al hombre para su subsistencia una sana medianía”, es decir, que la vida se puede vivir de una manera distinta, más austera, más limitada, y esa limitación implica también la proximidad social. Igualmente, hay otra cosa muy clara en el trabajo, sobre todo cuando llega uno a posiciones directivas, que es importante tenerla presente, que se plasma en una frase sabia que dice: “No eres más porque te alaben ni menos porque te vituperen”. Cuando uno tiene, digamos, las riendas por la mano, los “amigos” sobran, y resulta que eso no es cierto. La mayoría son amigos del poder o amigos de las relaciones que puedan tenerse. Los de verdad, verdad, que llegan al corazón son muy pocos. De manera que tampoco puede engañarse, como el vallenato que decía tener 200 amigos íntimos. Realmente las relaciones de verdad son muy pocas, son amigos que nacen en la infancia o en la juventud o son también la familia. Por lo tanto, hay que entender que cambia el ámbito en el que uno se mueve.

Cambia la rutina. Antes salía todos los días a cierta hora a trabajar y resulta que ya sale y no tiene a dónde ir. Entonces tiene que prepararse para lo que viene en esa etapa y entender que bien construida es muy buena. Lamentablemente, mucha gente se notifica del cambio de vida en el mismo momento que termina su trabajo profesional. El caso particular mío es un caso muy extraño y no creo que sea útil como modelo de vida de adulto mayor.

Estudié ingeniería en la Escuela de Minas, pero quería irme a estudiar economía, historia o ciencias humanas en alguna forma, y no lo pude hacer porque soy el mayor de una familia de 14 en esa época. Mi padre no tenía medios para mandarme a estudiar fuera, yo lo sabía perfectamente, el Icetex no me prestó para estudiar porque a pesar de que éramos 14, el patrimonio de mi papá, que era un helechal por acá cerca y una camioneta vieja, pasaba de nada, y aunque nada dividido por 14 da cero, ese patrimonio no se podía superar, entonces yo no cumplía con los requisitos de patrimonio familiar.

Y nunca merecí una beca porque no fui un estudiante que mereciera becas, es la verdad. Total, no me pude ir a estudiar, pero tenía todo hecho, los crespos hechos, como se dice. Había pasado el examen de francés en la Alianza, había sido admitido en una escuela francesa en París, sabía cantar la marsellesa… bueno, estaba listo y preparado espiritual y físicamente para irme, y de pronto me di cuenta de que no podía hacerlo porque no tenía con que.

Tuve oportunidad de comprobar en ocho años que viví en París que muchos de mis compañeros colombianos de allá son estrato dos o tres con hogares que no podían por supuesto sostenerlos, sin beca, porque tampoco las tienen, y sin crédito porque tampoco se los otorgan, y allá están haciendo doctorados en cuantas disciplinas ustedes se imaginen. Hay más de 3.500 jóvenes colombianos haciendo estudios superiores en Francia en este momento, son la segunda población latinoamericana más grande porque la educación es gratuita allá, simplemente por eso. Y ninguno de mis compañeros tenía ni papá solvente ni crédito ni beca. ¿Pero cómo vivían? Haciendo lo que hacen los estudiantes desde siempre: cuidando niños, cuidando ancianos, sirviendo en un café, en restaurantes, vendiendo boletas en una taquilla, paseando perros en las calles, lo que sea. Yo hice un doctorado en cuatro años y ellos se gastan generalmente seis. Estuve la semana pasada en la Sorbona en la sustentación de un doctorado en historia de un muchacho de aquí, egresado de la Universidad Nacional, que se tardó nueve años, pero terminó, y vivió y sobrevivió, se casó y tiene un hijo, tiene una vida normal y obtuvo la mejor calificación que otorga la universidad francesa.

A mí me faltó una cosa que me da mucha pena confesarla: imaginación. También se podía ir a estudiar al exterior sin papá, sin beca y sin crédito a hacer lo que han hecho toda la vida los estudiantes. Entonces me dije: “No se pudo, vamos a posponer esto, pero algún día, ojala”. Nunca abandoné ese proyecto. Repito, es un caso muy particular. Lo que quiero decir con todo esto es que lo que hice fue tratar de volver ese sueño realidad. Hay una frase importante: “El hombre no se frustra porque no se realizan los sueños, sino porque no sabe soñar”. O sea, un gran error es abrazar un sueño irrealizable, utópico, porque no se cumple y por consiguiente uno se frustra. Pero si el sueño es un sueño aterrizado…

Tengo la fortuna de tener una compañera, mi señora, que es la misma desde hace 43 años, que comparte la debilidad y la afición que puedo sentir por estudiar y aprender. Esa es una posición frente a la vida que posiblemente no es muy frecuente. Ella la comparte y si no fuera así, entonces no podría empezar una aventura de estas. Mis hijos ya se habían criado, ya se habían educado, de manera que yo también podía hacer eso. Lo que hice fue en esencia tratar de poner en práctica ese sueño que tenía y aprender. Una de las cosas más importantes que pude haber comprendido con esa experiencia es, y la puedo afirmar como tal, que nunca en el ser humano se agotan su deseo, su posibilidad y su capacidad de aprender.

El conocimiento es mucho más vasto, mucho más amplio de lo que el ser humano puede adquirir, y es al mismo tiempo inagotable. Y aprender siempre será un placer. Para aprender, la sociedad tiene que ocuparse de darles instrumentos a las personas. El Estado como tal tiene una responsabilidad muy grande para administrar la población que le corresponde administrar de adultos mayores. Tiene que haber oportunidades para que ellos se sientan útiles y activos. Tiene que haber sistemas para que cuando se empiezan a dar limitaciones, digamos en movilidad, la gente pueda moverse. Tiene que haber una oferta cultural muy grande, gratuita, amplia, de buena calidad.

En una sociedad como Francia, que posee una tradición humanística muy larga, es muy fuerte la oferta. Diariamente, puede haber 50 conferencias gratuitas en París, de todo lo habido y por haber: de historia, de arte, literatura, cocina, pastelería, artesanías. Las alcaldías de los barrios tienen unas ofertas culturales muy amplias y ofrecen posibilidades en deportes y entretenimiento. De esa forma, una persona adulta mayor o no, puede acudir gratuitamente a una oferta de conferencias, charlas y actividades. Hay además muchísimos programas durante las estaciones, como en el verano, que se relacionan más con actividades de deporte, de entretenimiento, y de otra naturaleza, por ejemplo, cine al aire libre. Hay entonces, en otras palabras, oferta cultural. La municipalidad, el Estado como tal, es consciente de que tiene que haber una oferta para eso.

Hay una institución en Francia llamada Colegio de Francia, que es la mejor institución calificada desde el punto de vista académico, que tiene una característica: no da grados, no da títulos, es gratuita y puede asistir el que quiera, no hay ningún requisito para asistir, simplemente que haya una silla y que respete las reglas del juego: que no fume, que no coma, que no grite, que no ronque.

Se ofrecen clases magistrales dadas por algún premio Nobel o por grandes profesores. Mi esposa, por ejemplo, estuvo durante ocho días en un seminario gratuito de Umberto Eco, de Semántica medieval, pero no sobre la teoría de Umberto Eco, sino dada por Umberto Eco. Dónde encuentra uno una oportunidad de esas. La exigencia para poder participar, porque había limitación de sillas y de salas donde proyectaban el evento por pantallas, era hacer una cola muy grande y llegar temprano porque si no, no había dónde sentarse. Esto lo que quiere decir es que la apertura de los espacios académicos y los aspectos culturales que tiene la misma ciudad, las mismas escuelas, los mismos colegios es una base donde habría espacios.

En otras palabras, hay que tener manera de transmitir el conocimiento, y una opción es que el Estado se haga un poco cargo de eso. No pretendo que la Universidad, que tiene unos costos, los profesores, los salones, los impuestos, de repente abra las puertas gratuitamente, pero sí puede haber una cooperación del Estado, como se da, por ejemplo, en el caso de Medellín donde el municipio paga un número determinado de boletas al Museo de Arte Moderno, al Museo de Antioquia, lo que se traduce en una forma de culturizar y de educar a los niños. Entonces debe haber, a mi modo de ver, un papel del Estado más activo para que haya una oferta, y no solamente en lo cultural, vienen muchas actividades, en el deporte, en todo lo que tiene que ver con el entretenimiento de los adultos mayores.

En el caso mío, encontré un cambio de 180° en mi vida. Pasé, repito, de trabajar en una compañía como Suramericana, donde trabajé muchos años, a sentarme en un pupitre que estaba a 38 años de distancia de mi vida. Es decir, yo hacía 38 años que me había levantado del último pupitre de la Universidad Nacional en la Escuela de Minas. Llegar allá fue un choque muy fuerte porque lo primero que se me ocurrió pensar fue que podía ser el tío de cualquiera de los muchachitos que estaban allí. Además, trabajar en una disciplina absolutamente desconocida para mí, en un idioma completamente ajeno. El esfuerzo y el engranaje fueron muy difíciles. También aprendí a vivir una vida muy simple. Allá no se merca al estilo del carro lleno de artículos amontonados hacia arriba, sino que uno va cada día por un huevo… porque no hay dónde almacenar mucho mercado. Allá uno mismo cocina y lava la ropa. Uno tiene que hacer todo. Me tocó dejar de ser un inútil funcional.

A propósito, cuando trabajaba en Suramericana tuve un conductor a quien quise mucho, trabajó veinte años conmigo. En las proximidades a la jubilación, un día íbamos él y yo solos, cosa rara porque yo andaba siempre muy acompañado, y me dijo: “Hombre, yo estoy muy preocupado con su ida de Suramericana”. Yo le respondí: “Bueno, no se preocupe, yo no sé quién me va a reemplazar, pero tenga la certeza de que quien venga, si no se pone de acuerdo con usted, a usted no lo van a despedir de Suramericana después de 20 años, olvídese, usted se jubila aquí, en alguna otra cosa, con seguridad, esa certeza se la doy yo aunque no esté en mis manos”. Y me contestó: “No, no, yo no estoy preocupado por eso, yo sé que no me debo preocupar, estoy preocupado es por usted”. Le dije: “Pero por qué, yo estoy muy contento”. Y me respondió: “Sí, pero es que usted es un inútil infinito, usted no sabe hacer nada”. Él tenía razón. Parte de lo que me tocó hacer a mí fue comprobar mis absolutas limitaciones. Soy “minusválido”, digamos, en motricidad fina. Cuando mis hijos estaban pequeños y había un problema doméstico en la casa y yo suponía que era capaz de arreglarlo, salían corriendo a decirle a la mamá: “Corra que ahí va mi papá con un alicate”.

Les confieso una cosa: mientras estuve en Suramericana no sabía hacer cola. Cuando se llega a París, se encuentra con una costumbre y con una cultura que es la cultura de la fila, por cualquier calle de París se puede armar de pronto una cola y muchos entran en ella sin saber para dónde va.

Cuando nosotros nos quejamos de lo que es la burocracia en Colombia, somos unos aprendices, ellos son los profesores, eso allá es infinito. Es una cosa que va contra la realidad, es una burocracia absorbente, bestial. Cuando uno llega allá y hace una transferencia en un banco, por ejemplo, de la cuenta de ahorros a la cuenta corriente, inmediatamente la debitan sale un mensaje: “En 24 horas aparecerá acreditada en la cuenta destino”. Pero si es en un fin de semana, son 48 horas.

En todo, uno tiene que valerse por sí mismo, y si no lo hace, simplemente desaparece porque no hay quien lo haga por usted. Si no barre, el polvo lo saca, si no lava la ropa, el mugre lo despacha, si no va a comprar el huevo, no hay huevo, si no va a hacer la cola por la chequera, no hay nada. Finalmente, uno aprende a valerse por sí mismo, ese aprendizaje fue muy importante en mi caso. Además, empieza a preguntarse: “¿Para qué todo esto que acumulo en la vida, que son inutilidades?”. Uno empieza a acumular cosas y cosas que son innecesarias. Allá se aprende a vivir con mucho menos, más ligero de equipaje, como decía Borges. A tener estrictamente lo necesario. Eso le hace la vida más simple.

Hay algo fascinante, y es el aprendizaje, que es insaciable. A medida que pasa el tiempo, se comprende mejor la condición humana, la historia del hombre, el destino del hombre, y se reconoce también la inteligencia y el talento que hay acumulados en el arte, la cultura, la historia, y la literatura. La vida de una persona cuando envejece es distinta de la que tiene cuando está activa profesional o laboralmente, pero de ninguna manera es el fin de la existencia. Lo que hay que entender es que el aproximarse con una visión constructiva y positiva a esa última etapa de la tercera edad del adulto mayor es sin lugar a duda un problema de educación, de formación, de percepción de la vida, en el cual le tiene que ayudar la misma sociedad. Las empresas deben prepararlo para eso, las entidades idóneas deben aconsejarlo para hacer su ahorro pensional, para que tenga la previsión y la precaución, el Estado debe jugar un papel que amortigüe las condiciones de estas personas, para que además el hombre, desde el punto de vista de la sociedad, se prepare para vivir más tiempo, para costarle más a la sociedad. Las instituciones que hoy les prestan el servicio de salud a los colombianos con la estructura que tienen hoy, con el número de afiliados que tienen hoy, no son de ninguna manera viables a la vuelta de 20 años o de muy poco tiempo, es imposible porque no tienen la base ni la estructura para hacerlo.

Si además hay muchos jóvenes que no entran al torrente de la formalidad para cotizar, para ahorrar pensionalmente, para pagar la contribución de la salud, el tema va a ser mucho más complejo. Y nuestra responsabilidad, aunque sea una visión de largo plazo, es hoy, y por eso celebro que una entidad como Comfama, por la cual siento respeto y admiración, y que una institución como Suramericana, a la que respeto y llevo en el corazón, puedan ser parte de una alianza que seguramente será de muy largo plazo. Si no se empiezan a dar los pasos que hay que dar, lo que se está construyendo es una especie de caos social terrible, porque hay una realidad que es absolutamente indiscutible, la realidad demográfica

En particular, Medellín tiene el doble de personas adultas mayores frente a personas menores de 15 años. O sea, nosotros tenemos uno de esos raros privilegios de ser una sociedad más vieja que el resto de la sociedad colombiana. Lo que queda claro es que hay que hacer tareas, y que hay que asumir con madurez la vida y entender que la última etapa de ella, que es lo que llega después del retiro, es una etapa que puede llegar a ser muy rica humanamente, afectivamente, espiritualmente, físicamente, incluso.

Para concluir, celebro mucho que se esté haciendo esta alianza, creo que es de una gran importancia entender que en el horizonte, pero en el horizonte de corto plazo, la vida de la sociedad colombiana se modificará considerablemente en la medida en que es una sociedad con un grupo de ancianos que duran más tiempo, que son mayores, con una base que se está estrechando en la pirámide para sostener esos viejos. Que por el hecho de que seamos más los mayores, también van apareciendo enfermedades, costos, necesidades sociales, van apareciendo realidades sociales que la misma sociedad como tal y el Estado tienen que contribuir. Qué bueno que se den alianzas como esta, entre el sector privado con instituciones como Comfama y empresas como Suramericana, porque esto hay que mirarlo como una realidad, como un riesgo, como un desafío, pero al mismo tiempo como una gran oportunidad de mejorar la calidad de vida de muchos colombianos que van llegando a esas edades.

Quiero repetir que hay un espacio maravilloso para aprender en la vida, que se agota cuando simplemente esta se le agote a uno; que el conocimiento es vastísimo, que hay que acceder a él, que hay medios para hacerlo; que ojala se vayan abriendo más y que una de las maneras de darle sentido a la vida que nos queda es entenderla mejor, entender mejor al ser humano, la creación, el horizonte, el futuro, la conducta humana, entenderse mejor a sí mismo y entender que la vida es fascinante, a pesar de que cambien el almanaque y la cédula.

El único mensaje central que quiero dejar es que cada uno tiene que estar preparado para afrontar una realidad que es fantástica en la medida en que se la asuma, cada cual con su proyecto, de una manera creativa, positiva, que también permita fortalecer el espíritu, el amor, el afecto, el cariño, acercarse a las gentes que le son próximas, a su familia, a sus amigos y vivir además también sintiéndose útil. Una de las cosas que más conspiran psicológicamente en el desempleo —además del tema económico y del tema de la pobreza, el tema de las restricciones— es cuando uno se pregunta: “¿Cuál es mi papel en la sociedad?”, y uno dice: “Ninguno, yo no hago nada”. También pasa lo mismo cuando uno ya en la edad madura se cuestiona: “¿Y yo qué hago aquí?”. Y se responde: “Nada”. Esas respuestas son muy duras, y todos tenemos que saber que podemos ser útiles y que hay muchas maneras de serlo. La sociedad nuestra está llena de necesidades. Hay muchísimas instituciones que colaboran para mejorar la vida de los demás: en la educación, la salud, la niñez, la nutrición, la tercera edad, la recuperación, los minusválidos, los limitados… hay muchísimas instituciones, y el voluntariado es una de las oportunidades que uno tiene de servirles a los demás. También, sirviéndoles a estas empresas, a las organizaciones no gubernamentales, a muchas instituciones que hacen el bien. De manera que uno tiene que inventarse en qué forma puede ayudar, en qué forma puede colaborar, y no sentarse simplemente a esperar que pase el tiempo y que del más allá le digan: “Llegó la hora y se acabó el carbón”. No, uno tiene que entender que allá vamos a llegar, que lo van a llamar a lista, pero mientras tanto ser útil para la sociedad y sentirse útil para sí mismo.

Nicanor Restrepo Santamaría