Darío Jaramillo Agudelo: Poemas

Darío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 28 de julio de 1947) es un poeta, novelista y ensayista colombiano, considerado el principal renovador de la poesía amorosa en Colombia y uno de los mejores poetas tanto de la llamada «generación desencantada» como de la segunda mitad del siglo xx​


Razones del ausente

Si alguien les pregunta por él, díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro; díganle también que no dejó razones para nadie,
que tenía un mensaje secreto, algo importante que decirles pero que lo ha olvidado.

Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo, díganle que todavía no es feliz, si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se fue con el corazón vacío y seco y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón y que ni él mismo sufre por eso, que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él mismo, que tantas cosas que vio apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto, díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un día de sol,
díganle que hubo palabras que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor dura lo que dura una palabra.

Díganle que como un globo de aire perforado a tiros, su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni siquiera está desesperado y díganle que a veces piensa que esa calma inexorable es su castigo;
díganle que ignora cuál es su pecado y que la culpa que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato del problema y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras en que cree haberlo soñado, teme que acaso la culpa sea la única parte de sí mismo que le queda y díganle que en ciertas mañanas llenas de luz y en medio de tardes de piadosa lujuria y también borracho de vino en noches de lluvia siente cierta alegría pueril por su inocencia y díganle que en esas ocasiones dichosas habla a solas.

Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas en sus ojos
y una planta de moras sembrada en su estómago y una serpiente enroscada en su cuello
y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida honradamente, de adivino, leyendo las cartas y celebrando extrañas ceremonias en las que no creerá y díganle que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches, ciertas complicidades mal entendidas y el recuerdo de dos o tres rostros que siempre vuelven a él en la oscuridad y nada.

Si alguien les pregunta por él, díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro; dí­ganle también que no dejó razones para nadie, que tení­a un mensaje secreto, algo importante qué decirles pero que lo ha olvidado.

Dí­ganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo, díganle que
todavía no es feliz, si esto hace feliz a alguno de ellos; dí­ganle también que se fue con el corazón vacío y seco y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón y que ni él mismo sufre por eso, que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él mismo, que tantas cosas que vio apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto, díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un dí­a de sol, díganle que hubo palabras que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor dura
lo que dura una palabra.

Díganle que como un globo de aire perforado a tiros, su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni siquiera está desesperado y díganle que a veces piensa que esa calma inexorable es su castigo; dí­ganle que ignora cuál es su pecado y que la culpa que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato del problema y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras en que cree haberlo soñado, teme que acaso la culpa sea la única parte de sí­ mismo que le queda y díganle que en
ciertas mañanas llenas de luz.


RELATO

Cuando los seres de carne y hueso abandonaron su corazón como si la fiebre por una tierra
nueva se agotara
pequeñas cosas invadieron su cuerpo y las amplias estancias donde habitaba su desaliento;
ella rinde culto a los objetos hermosos, a la copa de vino, a la cabeza de barro, a fotos y
fetiches, reliquias para llenar el hueco de lo que pudo haber sido, ella busca la tierra incendiada en
algún recoveco del olvido, heridas sobre la piel de la esquizofrenia, ella acumula ademanes para aplazar la muerte; Dama del Fetiche, Curandera, Señora de la Crisma Rota:
ella sobrevive al careo del suicidio, lo atrapa entre cristal y porcelana, lo irriga con té
helado, lo perfuma con tabaco rubio, lo invade con el fantasma
de un calígrafo muerto que la posee y es el dueño de su insomnio y la arrulla con un concierto de piano en la vena aorta; una flor llamada crisantemo, la sequedad de la carne: ideogramas de un calcinado corazón ansioso;
Ama del Sueño Sonámbulo, ella camina por la escalera en espiral que lleva al fondo del
Caribe; ella se aferra al fósil de una rosa hace mil años marchita: fila de espejos que termina y
comienza en Santa Rosa, de las sillas vienesas a las sillas vienesas, la huella dactilar de la locura impresa para siempre sobre el tedio.

(De Tratado de retórica).


HERÁCLITO SIN AGUA

Ningún perfume permanece entre esta brisa:
ni siquiera la fiesta de la muerte; apenas la pasión efímera,
tan solo la luz de los relámpagos y un viaje interminable y sin descanso;
no conozco un paisaje que perdure ni sé de noche alguna que se haya repetido.
Con los pies sobre la tierra caminando,
y sin memoria,
y sin nada qué contar y sin semillas,
persigo la sombra de la luna en la montaña, esa débil sombra blanca,
un cuerpo a contraluz en una plaza,
el aroma del azufre o del incienso,
pero ningún perfume permanece entre esta brisa
y algo horada los ojos para que no recuerden.
Ya no tendrá una casa, apenas estaciones, oscuros soles,
amores de tres noches y un amor que me tiene caminando,
no tendrá penumbra propia,
no podrá entregar mis convulsiones, ni mis dichas y desvelos a los dioses tutelares,
ni tendrá reposo nunca arrastrando mi noria.

(De Poemas de amor).


HOLA SOLEDAD

Bienvenida, vieja amiga, te creí­ ausente y aquí­ estabas escondida, confundida conmigo;
bienvenida, ahora que te veo, bienvenida a tu más propia casa, el latido de mi sangre,
a ti te acojo en el tiempo largo del poema, en el suave sueño, en el hormigueo de mi mano izquierda,
ven báñate conmigo, una ducha caliente que golpee la espalda,
-¡ah, desnudos sí­ que tú y yo somos uno solo!-,
préstame una de tus camisas blancas de nsepar,
ven, tomemos café, sin nsepa: así­ lo bebo solamente contigo,
amiga, ladilla, sombra,
y fumemos viendo el cambio de color de la montaña, fúndete conmigo para que pueda mirar cómo
amanece,
ven cántame una canción, aguántame la risa de gozarte hasta el tuétano, generosa mí­a,
llévame así­, apacible, a este o aquel libro, deja que te lea en voz alta y dime si te aburres,
vuélvete música, almohada; convierte, maga, tu sustancia en humo, en el nsepa de las visiones,
liba conmigo la euforia santa del silencio,
alucina, muchacha de mi vida, y cuenta tu cuento mientras yo, torpe, tomo tu dictado:
tacha siempre toda espera o esperanza,
que no se sienta el tiempo,
y baila conmigo la danza de la sonrisa en el ojo de la mente
hasta caer, inseparablemente juntos, fulminados.

(De Cantar por cantar).


SÓLO EL AZAR, 10

Sólo el azar me dio la piel que amé
y sólo el azar -o el cansancio-
extinguió el fuego.
Lo que siguió no fue el azar,
es lo que sigue siempre,
la lenta pesadilla del olvido
y luego cierto desprecio
por ese que fui yo y que amaba
y también por el que soy ahora
el mismo que no sabe por qué amó.
Sólo la carne se equivoca.


SÓLO EL AZAR,  11

Blando mineral sobre la caña,
grafito que se desmorona
encima de una lámina de pulpa
y deja unos silencios clamorosos
en sus ansias de ser labios.

(De Sólo el azar).


Dario Jaramillo Agudelo
Poeta, novelista y ensayista Colombiano nacido en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en 1947.

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