De Duvel, Picasso de la tijera, al COVID-19

 Por Oscar Dominguez
En tiempos del coronavirus los peluqueros también llevan del bulto. Hay silencio y desempleo en las tijeras. Andan en forzoso sabático. Suelo frecuentar al peluquero cada treinta día, en promedio. Me regalan la podada de las cuatro mechas que me acompañan. No les acepto la barbera. Me eriza ver ese delgado filo en predios de la yugular.

Esta vez decidí hacerme un motilado a tono con los tiempos que nos van pierna arriba. Gloria, mi señora, se encargó de aplicarme la cuchilla número uno en pleno domingo de ramos. Me hizo el corte COVID-19

Las primeras peluqueadas me las pagué juntando cajetillas de Pielroja. Al fígaro le pagaba con diez, quince de ellas. Las recogía del suelo, las adecentaba y los que pagan la cuenta con cajetillas.

En reciprocidad, el artesano del cabello me despachaba con un corte que hacía de mi un prontuariado, un sospechoso de todo. Salía de la peluquería con cara de retrato hablado. De “yo no sé nada, yo llegué ahra mismo, si algo pasó… “

Pero como no conocía la vanidad, el amor ni el olvido, no me preocupaba. El dinero que me daban en casa para ese menester se iba en películas del oeste. Y en mecato. Alcanzaba para alquilar revistas de vaqueros y bicicleta desbaratada: “Sale a los si-veinticino”, cantaba el aquilador que apuntaba el dato en una libreta.

Miles de aguaceros después, conocí en el centro de Bogotá a Duvel, mi peluquero caldense durante varios años. Duvel patentó el mejor invento para ser feliz: Se separó “a tiempo” de las tres mujeres que tuvo. Ahora es su mejor amigo. Se las turna semanal y religiosamente. A ninguna le niega su cuota erótica. Por teléfono controla la “situa”. De pronto las reúne en conclave para socializar, el verbo que utiliza mientras ejecuta la sinfonía que tocan sus dedos con la tijera.
El matriarcado-harén del caldense-bogotanizado Duvel aceptó desde el principio las reglas de juego impuestas por este festivo Picasso de la tijera.

Mientras poda mi manifestación de cuatro pelos, cuenta que gracias a su “arte” ha frentiado la situación y levantado a sus cincos hijos. Vive con su octogenaria mamá. “La viejita es una belleza. Me ordena que cuide a todas mis mujeres”.

La última vez que lo visité me recibió con regaño: “No jodás, negro: ¿vos no sabés que los peluqueros también comemos?”.
¿Por qué ese nombre?, le pregunté alguna vez. “Parece que mi mamá leía muchas novelas”, responde sin ir más allá.

Anda elegantemente vestido como por su madre. Cuando llego, ordena tinto. No me baja de “mijo”. Nunca lo veo de mal genio. “¿Qué se gana uno con criticar, vos?”. (Lo frecuento también por su charla. Pago por escucharlo).

Hace fácil su oficio de fígaro. Se lo sabe de memoria. Podría motilar mientras llena crucigramas. O atraviesa un rio. Disfruta. Cada peluqueada que hace parece la primera. Y la última.
Peluquearse es como ir al sauna. O adonde el siquiatra. Un peluquero es Freud con tijeras. Las de Duvel Zuluaga, de Pensilvania, el mismo pueblo del excandidato Oscar Iván Zuluaga, son delgadas , certeras, musicales. Hombre y máquina se entienden. La tijera es la prolongación de sus dedos de pianista.

Tiemblo, luego existo, cuando aparece la barbera, toreada en mil patillas, cráneos, aortas. Me siento casi guillotinado. Mi fugaz “verdugo” goza con la conmoción que advierte en mi pescuezo.
Se ríe mientras afila, parsimonioso, el anoréxico instrumento. Sabe que durante unos segundos mi vida estará en sus manos. Esta parte del ritual de la peluqueada parece un suicidio por mano ajena.
“Listo el pollo”, notifica al dar por terminado el intento de “decapitación”. Regreso al mundo de los constituyentes-contribuyentes.

Aprovechamos para despotricar del gobierno. Sobre una silla de peluquería no hay gobierno bueno, ni muerto malo.
Me arregla el bigote. “Es la encimita”, me dice en voz baja. Si lo pillan en esa obra de misericordia, le cobran a él, confiesa. Ingeniosa forma de asegurarse la propina que le doy sin que se me vaya la mano.
Me despacha con un benévolo regaño. “Bueno, y no te volvás a perder otros seis meses. Yo veré, mijo”.

Espejo en mano, me muestra el corte por detrás. Siempre lo felicito. Es parte del pago. Esta inútil parte del ceremonial sobra porque ¿qué peluquero por mas diestro que sea podría volver a poner los pelos mal cortados en su sitio?
El ritual tiene que ver con la vanidad: a todo peluquero le gusta que le elogien su destreza. “No solo de billete vive el hombre, vos”, me dice a manera de despedida. Duvel regresa a su poligamia. Y a su mamá. Yo regreso a mi anonimato.
La imagen puede contener: una o varias personas y primer plano

(Visited 12 times, 1 visits today)
Etiquetas:
Previous Post

Nace ‘Tienda Cerca’ apoyo para los comercios de barrio del país

Next Post

Una silla en el Jardín