Diego Echavarría Misas

Durante la construcción de la biblioteca no era extraño ver a don Diego inspeccionado las obras en el Parque de Arriba. Luego, casi todos los jueves, ya terminada la biblioteca Isolda Echavarría, lo veía serio y circunspecto bajarse de su auto Packard, color verde olivo, al cual el abría la puerta su chofer.

Sí, caminaba dentro del amplio salón o extraía de los estantes algún libro que hojeaba. Lo vi siempre elegante, callado, él que conocio tantos mundos a través de los libros que entregan ese pasado milenario y nos hace ser modernos al conectarnos con el universo. Pasaba desapercibido entre tantos estudiantes, él, que le donó a Barbosa, el tesoro que es una biblioteca.

Don Diego nació en 1895 en Itagüí, sus padres eran Don Alejandro Echavarría Isaza, oriundo de Barbosa y Doña Ana Josefa Misas. Cursó estudios en el colegio que dirigió Don Antonio Saldarriaga, educador parcial con sus discípulos y muy estricto y severo. A los 16 años fue enviado a Alemania, donde cursó estudios secundarios en el Pedagogium en Godesberg, cerca a Bonn. En Londres visitó luego la Escuela de Comercio Pittman’s School. Sus preferencias eran remar en el Rhin y estudiar piano.

Al regreso, su padre lo instaló en el almacén, donde mostró dotes de buen administrador, gran sentido común y benevolencia. Fue el primero que trajo una vitrola e hizo conocer la música clásica a sus amigos. La nostalgia de los países del viejo mundo lo llevó muy pronto otra vez a estas tierras de alta cultura, donde se recreaba en los museos y sobre todo en los conciertos. Don Diego fue toda la vida un enamorado de la música clásica y su discoteca no tenía rival en Medellín.

Se radicó en París por algunos años y gustaba leer los periódicos que le informaran sobre los museos de todos los países en los cafés de los campos Elíseos. Interrumpía sus viajes por cortas estadías en su patria natal. Después de casarse con Doña Benedicta Zur Nieden, llamada Doña Dita, decidió instalarse en Medellín y compró una finca en Itagüí. Allí sembró una arboleda linda de cítricos de diferentes clases. Durante las montadas a caballo los domingos pudo observar la precaria situación de la gente del campo, sobre todo en el sentido higiénico.

Entonces resolvió fundar una Clínica en San Antonio de Prado, donde no había médico, ni botica. Partió los costos de la construcción con el Municipio de Medellín. Tuvo gran satisfacción al ver las madres bien atendidas con sus criaturas. En 1945 construyó la Biblioteca de Itagüí, obra favorita de Don Diego. Tuvo una visión clara de las necesidades de su pueblo: la educación. No hizo caso a las críticas de fundar una Biblioteca en un poblado de 1.000 habitantes, campesinos que sólo tenían interés en la feria de ganado semanal. A los 15 años de existencia de este centro cultural se vio el resultado, casi 10.000 lectores acudieron en 1960 a esta sala de lectura.

La estadística del año 1971 arrojó un total de 354.236 lectores. En este recinto, artísticamente adornado, se han efectuado numerosos actos culturales; sean conferencias, conciertos y exposiciones. En los primeros años hasta funcionaba una clase de pintura que más tarde suprimió debido a la estrechez, por el gran número de lectores. Los anaqueles contienen libros de todos los ramos de lectura infantil hasta la astronáutica. Hay una valiosa colección de (Coltejer) Quijotes ilustrados por varios artistas. Don Diego protegió las escuelas.

En 1970 donó un gran lote de su finca en Itagüí para la escuela del barrio Santa Ana, que le dieron el nombre de «Isolda Echavarría» en memoria de la única hija de Don Diego, fallecida después de desconocida enfermedad en los EE. UU. Donde cursaba estudios universitarios. Con el patrimonio de su familia Don Diego creó una Fundación para obras de educación y beneficencia, lo primero que construyó con ella, fue la «Residencia Isolda Echavarría» en el barrio el Pedregal; centro que suministra educación práctica y asistencia médica a la población adyacente.

Casi a diario subió para vigilar los trabajos de la construcción y más tarde el funcionamiento. Don Diego acompañaba sus obras con cariño e interés. Era su modo de ser, de hacer todo completo e integral, con preocupación de la buena marcha y no escatimaba esfuerzo, ni dinero hasta lograr el colmo de cada obra. Se trasladó al Poblado con la compra de El Castillo, donde instaló con gran gusto estético, las obras de arte coleccionadas con carió durante sus viajes. Gustó de vivir en ambiente europeo y reformó esta casa hasta lograr una apariencia artística extraordinaria.

Ahora es museo y abierto a las personas que saben apreciar los documentos de cultura. Don Diego era amable con todo el mundo, y sabía compartir las penas de otros. Tuvo bondad innata. Era ameno en su conversación, sobre todo hablando de Bolívar a quien veneraba. O de Mozart, ese divino maestro que le proporcionó horas inolvidables escuchando su música. Lo último que logró crear fue la Biblioteca de Barbosa. La víspera del secuestro, llevó muchos libros a ese bello edificio, los hizo catalogar y se le notaba la satisfacción sobre el beneficio que esta obra podría dar para levantar el nivel cultural del pueblo. El secuestro y asesinato pusieron fin a la existencia de ese noble Filántropo, el 19 de septiembre de 1971.

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Originally posted on 10 julio, 2020 @ 1:51 am