El día que dejé de rezar

Siempre he sospechado de las oraciones o rezos sin importar de qué derivación cristiana provengan. Noté que el Ángel de la guarda nos sostiene a punta del miedo que nos da a ser abandonados por él mismo, yo prefiero verlo como ese ser que siempre va a estar presente; que por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa me toca rezar, yo prefiero rezar sin ser culpable, no por pagar una deuda sino como agradecimiento por tener la posibilidad de fallar.

Otras oraciones le ruegan que tenga piedad y misericordia, eso es como pedirle al rico que se le antoje repartir unos pesos cuando lo convenzamos de lo mal que estamos hasta que sienta lástima por nosotros, yo sí prefiero dar gracias por tenerlo todo para cambiarlo todo cuando algo no marche bien, ese esperar misericordia no va con el Dios que nos ha dado todo.

La misericordia no existe para ningún buen padre ante sus hijos. Padre que espere a que sus hijos le rueguen, le supliquen hasta apiadarse de ellos, es un vil enfermo que disfruta viendo el sufrimiento de los que dependen de él, y así no es el de arriba.

Por eso mismo también prefiero perdonar al que me ofende, sin poner esto como condición para que el de arriba me perdone.

Otros rezos o discursos de culto dicen que nos vamos a condenar, que arderemos en fuego, que la maldad se ha adueñado del mundo, que estamos en el fin de los tiempos… discursos del terror que continúan haciendo al indefenso humano un títere de la culpa divina, de la que nunca podrán desprenderse y sienten la obligación de contaminar a sus familiares y amigos para sentirse tan buenos como su pastor.

Puedo estar equivocado, y ofendiendo al de arriba, y hasta puede que me caiga fuego del cielo, pero de lo que sí estoy seguro es que ese ser que enseñó esto del amor al prójimo jamás va a tener esos planes ni siquiera para el peor de los terrícolas. Eso es un invento de los movimientos religiosos para generar dependencia.

Orar, rezar o como quiera que lo llamen simplemente es actuar bien y no esa serie de palabras bonitas o lastimeras que se lanzan al cielo.

No nos podemos dejar engañar del truco amenazante de la lejanía de Dios para salir corriendo a pegarnos de cualquier templo, iglesia o movimiento espiritual, pues Dios está es en la calle, en el marihuanero, en el metalero, en el rico, en el pobre, en el perro, en el árbol, en el gato, en el amigo, en el enemigo, en la gente que vive su mundo de la mejor manera y no en la gente que dejó de vivirlo escondidos del mismo dios al que le oran, escondidos por  miedos movimentarios que no nos deja ser libres, libertad que el de arriba ya nos había entregado antes de que los pastores y curas nos la quitaran de nuevo.

No se preocupen tanto por el de arriba, para él es más importante que nos preocupemos más por el del lado.

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