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MISTERIOS SIN RESOLVER EN LA HISTORIA RECIENTE DE MEDELLÍN

REVIVA EL CRIMEN DE POSADITA, A ‘SORPRENDIDA’, LOS FANTASMAS DE LA CATEDRAL Y EL DIABLO DE MANGOS.

Las noticias pasan, las historias quedan. Sobreviven al día a día, a la página completa del periódico, al reporte en radio o televisión. Sucesos que marcaron décadas completas, de los que nacieron libros y películas. Sucesos que por la conmoción que generaron quedaron eternizados en el recuero colectivo. Es que no hay nada más efímero que una noticia y nada más eterno que una leyenda urbana. Les presentamos cinco que sobrevivieron hasta hoy:

1. El crimen de Posadita

El homicidio de Ana Agudelo se convirtió en el crimen más sonado de los años sesenta. Aunque se vivía una época turbulenta en la ciudad, el crimen de la ascensorista de Fabricato causó revuelo en todas las capas sociales de Medellín. Además fue ampliamente difundido y documentado por la prensa tradicional y los medios sensacionalistas.

Agudelo de 23 años, trabajaba en los ascensores del edificio Fabricato, ubicado en Junín con Boyacá en pleno Centro. Abel Antonio Saldarriaga Posada laboraba en el mismo lugar como celador. Sus vidas se cruzaron trágicamente en 1968. Un día de octubre Ana terminó su jornada y abandonó su lugar de trabajo. Debió regresar después porque olvidó llevar el uniforme. Abel Antonio, de turno esa tarde-noche, era el único que custodiaba el lugar.

Nunca se volvió a saber de Ana. Estuvo desaparecida 11 días. Fue buscada en cada rincón del edificio pero no se halló indicio alguno de su paradero. Especulaciones iban y venían hasta que la descomposición empezó a cundir en Fabricato. Ana fue descuartizada en cientos de pedazos que luego fueron hallados en tubos, ductos, paredes y hasta en el techo de La Candelaria.

La búsqueda a cuenta gotas captó la atención de la opinión pública que estuvo pendiente del macabro descubrimiento. La investigación judicial tardó dos años. Finalmente Posadita fue condenado a 20 años de prisión de los cuales pagó once en la cárcel La Ladera y luego en el penal de La Gorgona.

“Posadita se enamoró de Ana pero Ana tenía un novio que se llamaba Ómar. Posadita fue un domingo a la casa a limpiar las ventanas. De pronto Ana dijo: ‘¡Ay, cómo les parece que me caso!’ Lo dijo así, con el modo de ser de ella, hablantinosa. Pues con eso tuvo Posadita para ponerse furioso y no volver a hablar. De inmediato se le notó el cambio y salió y se fue. Eso se quedó así, no volvió a la casa a limpiar vidrios y la vida siguió normalmente”, contó años después Norela, hermana de Ana, en entrevista con Vivir en El Poblado.

El mismo medio encontró a Posadita en 2011 en el nororiente de Medellín. En el anonimato y con 78 años encima, se limitó a recalcar su inocencia en el crimen de Ana y a decir que no tuvo ninguna responsabilidad en el homicidio. “Conmigo se cometió una injusticia: no hay un testigo, ni una huella, no hay nada. ¿Cómo es que mandan a mi casa a unos sin vergüenzas a echarle sangre a la ropa mía estando los niños solos? Eso no tiene perdón de Dios” aseveró. El crimen sigue en el misterio.

2. La historia de ‘Sor Prendida’

El 14 de octubre de 1981, durante una protesta ocurrida en la Universidad de Antioquia, estudiantes y revoltosos lanzaron piedras, papas bomba y cocteles molotov en las vías circundantes a la ciudadela universitaria. Uno de los artefactos explosivos impactó un bus de servicio público que terminó calcinado en la refriega. El reporte al final de los desmanes arrojó un soldado herido y 120 estudiantes detenidos.

Pero la protesta pasó a la historia por otro acontecimiento. Las autoridades aseguraron que Sor Carmen Cañaveral, monja discapacitada de la comunidad de las Siervas de María y oriunda del municipio de Betania, murió incinerada dentro del vehículo. La noticia conmocionó a la ciudad que manifestó su indignación en todas las esferas sociales pidiendo un castigo severo contra los responsables del hecho. El Consejo Superior Universitario ordenó la suspensión de las actividades al interior del Campus.

Los estudiantes detenidos como supuestos responsables del homicidio alegaron su inocencia y la violación del debido proceso y el derecho a la defensa durante el juicio. En algunos círculos universitarios se puso en duda la versión oficial arguyendo que la religiosa no existía o no se encontraba en el momento de la explosión del bus.

“La monja incinerada, a quien empezaron a llamar en forma irreverente ‘Sor Prendida’, decían, era un invento de las autoridades para desacreditar los movimientos revolucionarios y para justificar la represión”, publica el columnista Orlando Betancur Restrepo que trató el suceso años después.

Interesados en el caso empezaron a investigar el pasado de la religiosa pero no hubo hallazgos considerables ni en Medellín ni en Betania. Betancur Restrepo concluye en su artículo que “nuestro frágil poder judicial nunca pudo aclarar la veracidad de la muerte de Sor Carmen en estos acontecimientos. Los interesados en ocultar los hechos, echaron a volar otra conseja, según la cual, la susodicha había muerto varios años atrás en Quito o en Bogotá, y que el acta de levantamiento y la necropsia eran falsas”.

Los sindicados finalmente fueron puestos en libertad por falta de pruebas en la segunda instancia del proceso penal. El fiscal del caso apeló el fallo del Tribunal pero la Corte Suprema de Justicia se inhibió de conocer el recurso.

El abogado y docente Guillermo A. Gärtner Tobón, defensor de uno de los sindicados, escribió un año después en el periódico El Bohío del municipio de Frontino: “tanta y de tal magnitud era la manipulación que cuando se dio libertad a los dos jóvenes, el Ministro de Justicia, el Procurador y Monseñor Revollo, perdieron el control y conjurados intentaron romper el orden jurídico finalmente preservado por la Corte Suprema al inhibirse de conocer la bizarra apelación interpuesta por un fiscal poco seguro de sus propias actuaciones”.

3. Los fantasmas de la Catedral

El terreno escarpado del cerro La Paz de Envigado guarda los secretos de la cruenta época del narcotráfico. La cima de la montaña, dónde se edificó la Catedral, fue protagonista nacional entre junio de 1991 y julio de 1992, año en el cual permaneció recluido Pablo Escobar Gaviria. El ambiente es espeso. Repele. Las historias de las apariciones son usuales.

El sendero que conduce a lo que queda de la sala de torturas es un camino denso por la vegetación de trazo fino. “Muchas veces, en la mañana o en la tarde, se oyen llamados de auxilio y ayuda. No tiene una hora específica y muchos lo han escuchado”, cuenta Carlos Vélez, asesor jurídico de la comunidad religiosa que recibió el predio en comodato.

Él vivió en carne propia la presencia de entidades extrañas. “Una vez saliendo del baño de la biblioteca me empujaron y me enviaron contra el sofá (un Luis XV que se roba el protagonismo en la sala). Eran como las 2:00 p.m. y no había nadie en ese momento”, narra el abogado.

Claro que los relatos de fantasmas y apariciones son múltiples. Cuando el día cede en la pugna con la noche, varias personas afirman haber visto en la biblioteca a una persona robusta, cubierta con una ruana, de sombrero y agachada contra una mesa.

Escobar ajustició a varios de sus enemigos en la prisión y desapareció sus cuerpos con fórmulas de terror. En la sala de torturas, una pequeña edificación de unos 16 metros cuadrados, había una pileta, unas argollas y cadenas para efectuar las torturas. Además, se puede ver un corno, una especie de embudo empleado en los castillos de la edad media y que representa la forma del infierno en la Divina Comedia de Dante.

“Cuando las personas salían de la sala de torturas, que generalmente salían muertas, las conducían por un camino hacia una casa que ya no existe, las descuartizaban y las metían en canecas con ácido y cal para desaparecer los restos. Por eso en este sitio se siente tan mala energía”, comenta Vélez que en su explicación señala una minúscula ventana por la que suministraban la alimentación al torturado.

4. Romeo y Julieta murieron en un motel

No pertenecían a los Montesco ni a los Capuleto. No tenían sangre noble ni vivían en Verona. Eran de Belén o de Castilla –la historia se cuenta en ambos barrios- y murieron en un espiral de violencia como en la tragedia de Shakespeare. Comenzaban los años 90 en Medellín, la época más cruenta de la ciudad. Emergían capos, jefes y jefecitos del narcotráfico en todas las comunas. Bajo la sombra de Escobar, la capital de Antioquia parió los herederos mafiosos que reprodujeron los modelos de violencia instaurados por El Patrón. En ese ambiente de competencia criminal se gestó esta leyenda urbana.

Carlos, más conocido como Pelos, era el conductor de uno de los capos de la ciudad. Se ganó su confianza e ingresó a su círculo familiar. Empezó a transportar a la esposa del jefe y entre uno y otro recorrido, la empezó a cortejar. Pelos conquistó la mujer y como un triunfo épico, contó en el barrio los éxitos de su conquista. Alguno de los que escuchó le fue con la información al Duro que reaccionó con calma ordenando un seguimiento pormenorizado de la nueva pareja.

Descubierto el idilio, los amantes no se opusieron a la condena. Sabían que los ejecutarían a sangre fría.  Cuenta la leyenda que concertadamente, Pelos y su amante se fueron a un motel y planearon el final de la historia. Empezaron a beber whisky y a fumar marihuana y en la cúspide del momento, se declararon su amor eterno y se juraron morir juntos. Entonces Pelos prendió el carro y puso el exosto cerca de la cama que estaba repleta de pétalos de rosas. Se abrazaron hasta el último aliento y dejaron este mundo.

Los encontraron todavía unidos, como siameses. El Capo, tras la humillación que significó la prueba reina de la infidelidad, se le robó los cadáveres a las autoridades y desapareció los cuerpos en el más completo misterio.

“Esta historia está basada en el cuento de Carlos. Se volvió mito urbano porque se la cuentan a uno en muchos barrios de la ciudad”, dice Emilio Alberto Restrepo, médico y escritor antioqueño que ha trabajado la crónica urbana en Medellín.

5. Bailando con el Diablo

‘No mires hacia abajo’. La mujer, incrédula y víctima de la trampa de la sicología inversa, agachó sus ojos y entró en estado de paroxismo. Según el mito urbano, cuando dirigió sus ojos al piso en vez de zapatos vio unas pezuñas de res enormes. Era el Diablo en persona. El olor a azufre se esparció en el lugar y el Demonio desapareció en medio del barullo.

El conocido caso ocurrió un miércoles santo de 2005 en la desaparecida Discoteca Mango’s en el sur del área metropolitana. La historia que se regó como pólvora cuenta que el mismísimo Satán se presentó en el cuerpo de un joven muy apuesto en dicha discoteca.

Se acercó a la barra y entabló diálogo con una mujer solitaria. Después del protocolo de acercamiento, el sujeto la invitó a bailar y luego de varias canciones, lanzó la advertencia de mantener la mirada a nivel. La mujer miró y se conmocionó tanto que dijeron que fue internada en una clínica de salud mental, que se la llevaron a otras latitudes, incluso que falleció.

Lo curioso es que existe todo tipo de misterios alrededor de esta historia. Nadie dio razón de la mujer, ni los asistentes a la discoteca ese día, ni los empleados, ni los guardias de seguridad, ni las bailarinas. Ninguna clínica reportó el ingreso de una persona con esas características. La mujer nunca apareció. No existió.

“No deja de ser un mito más que atraviesa, de boca en boca, los miedos y agüeros de la gente”, dijo el sacerdote Próspero Restrepo en una nota que publicó EL TIEMPO.

JUAN DIEGO ORTIZ JIMÉNEZ