Familia Echavarría, historias memorables

Semana.com / 08 octubre 1990 / Como muchas de las familias colombianas, su árbol genealógico está sembrado en el país vasco, concretamente en Vizcaya. Allí echaron sus primeras raíces, pero las ramificaciones llegaron hasta América.Y en Colombia, el primer Echavarría apareció por allá por el siglo XVII, en Santa Fe de Antioquia, capital de la provincia. Se llamaba Antonio Echavarría Jáuregui.

Rudesindo Echavarría Isaza. Pionero de la industria textil en Antioquia.

Cinco generaciones después, don Rudesindo Echavarría, quien había decidido vivir en Barbosa (al norte de Medellin), empezó a prosperar económicamente con la explotación de unas minas de oro. Casado con doña Rosa Isaza empacó sus corotos y fue a sentar sus reales en Medellín en donde, en 1875, fundó la primera casa comercial Echavarría. Se llamaba «Rudesindo Echavarría e hijos», y funcionaba en la calle Colombia frente al parque Berrío.

Su actividad se centraba en vender mercancías compradas a importadores locales. Dentro de las remesas de cosas, don Rudesindo se fijó un día en el membrete de una firma inglesa, reunió todos sus ahorros, diez mil pesos oro, y se jugó una carta que habría de ser definitiva para trazar el destino de la familia: envió lo que había reunido, en barras de oro, y pidió a Inglaterra que le mandaran «una ancheta similar a la que le enviaban a Medellín a don Lisandro Uribe». La ancheta llegó seis meses después: un cargamento de telas. Fueron las primeras puntadas para lo que sería más tarde la más importante industria textil de Colombia.

Los hijos de don Rudesindo, Rudesindo Jr. y Alejandro, continuaron con el negocio del padre, pero le vieron mayores posibilidades y decidieron que del comercio debían pasar a la industria. Resolvieron importar maquinaria de Inglaterra y pasaron, entonces, a fabricar las telas que vendían. Sus figuras, pasado de kilos el uno, Rudesindo, y esbelto el otro, Alejandro, dieron para que en Medellín se comenzara a hablar de los Echavarría gordos y de los Echavarría flacos, apodos y leyenda que sobreviven hasta hoy. La rama de los gordos fundó a Fabricato y la de los flacos a Coltejer, hoy por hoy las textileras más importantes del país.

Alejandro Echavarria Isaza

Alejandro, el flaco, creó a Coltejer en 1908, una industria que él mismo gerenció durante 20 años y que habría de crecer como su propia familia. Casado con doña Ana Josefa Misas, tuvo 10 hijos: Gabriel, Sofia, Luisa, Guillermo, Margarita, Alejandro, Germán, Diego, Rosa y Carlos José, familia discreta e industriosa que habría de ver en los pasados 20 años cómo la tragedia tocaba a sus puertas.

Descrito en un anuario cívico de Antioquia como «un comerciante, cívico, progresista, recto, laborioso, exitoso, generoso y filantrópico», don Alejandro dio fe de tantos adjetivos a través de las otras actividades que emprendió: creó la primera empresa de energía eléctrica de Antioquia y fundó en 1920 el Banco Alemán Antioqueño (hoy Comercial Antioqueño).

También fundo el hospital San Vicente de Paul entidad que recibió a su muerte el mismo porcentaje de herencia que sus hijos , fue cafetero y ganadero, y con su hijo Guillermo, el gran pionero de la aviación en Colombia, estableció la primera empresa de aviación comercial de Suramérica.

Las viejas generaciones de los Echavarría fueron las de los pioneros, de los inventores o creadores del trabajo agrícola, del trabajo minero, del trabajo comercial o industrial en la provincia antioqueña. Generaciones enteras que asistieron a la escuela pública y tuvieron que levantarse a las cinco de la mañana, pero que dejaron sentadas las bases para que sus descendientes, en un Medellín menos ruralizado, avanzaran hacía la modernización de la industria colombiana.

El hijo mayor de don Alejandro, Gabriel, habría de descubrir el filón de otra de las grandes empresas de la familia. Encontró que en Medellín había tierras arcillosas y con una gran visión no sólo invirtió en tierras anticipando un gran desarrollo urbano, mientras la mayoría de los ricos colombianos se movían más bien como señores feudales en el agro, sino que llegó a la conclusión de que, por la calidad de las mismas, podían servir de materia prima para una nueva industria: la de la cerámica. Investigó sobre el proceso de fabricación y nuevamente recurrió a la importación de maquinaria para montar la industria. Si su padre había podido fabricar telas para proveer a los nacionales , no veía por qué no podí a él hacer algo similar con productos de uso cotidiano como las vajillas y los baños. De allí, de la tierra antioqueña, y del empeño de los Echavarría, nació Corona.

Don Gabriel, casado con doña Helena Olózaga, miembro de una rica y aristocrática familia, dejó tambien una descendencia ilustre, encabezada por Hernán Echavarría, y de la cual también forman parte Elkin, Felipe, Norman y Alice. Esta rama de la familia Echavarría es la que hoy simboliza el empuje industrial a través de su empresa matriz, Corona. Todas las otras industrias asociadas con el apellido en el pasado como Coltejer y Fabricato, fueron abiertas al público en lo que constituyó el desarrollo de la sociedad anonima en Colombia.

Pero aunque hoy el presidente de Fabricato es Carlos Alberto Robles Echavarría, la familia tiene hoy más vinculaciones sentimentales que económicas con esas textileras.
Los Echavarrra Olózaga son benefactores de bajo perfil. Curiosamente, aunque tienen más imagen de filántropos que de industriales, el desarrollo que ha tenido Corona bajo su dirección los coloca automáticamente en la categoría de los empresarios más exitosos del país de la segunda mitad del siglo XX.

Corona podría ser una de las empresas modelo de Colombia. Sus relaciones industriales, su estímulo a la capacitación del personal, y sus sistemas modernos de administración colegiada, tienen pocos rivales en el país. Si se tiene en cuenta el crecimiento que el grupo ha tenido en esta generación, después de la muerte de don Gabriel, habría que decir que los hijos del tigre salieron pintados.
Ejemplo de la laboriosidad paisa y del empuje de una raza profundamente orgullosa de sus ancestros, la familia Echavarría ha sido para la industria antioquena lo que Antioquia ha sido para la economía colombiana: uno de sus pilares fundamentales. Pero ha sido eso y mucho más. Podría decirse que es la familia más famosa de Antioquia.

Tanto, que ha dado hasta para que se incorporen al folclor a través de algunos dichos. «Es tan pinchao, que se cree Echavarría» o «No hay Uribe cuerdo ni Echavarría pobre», son apenas dos de los que más comúnmente se oyen en boca de los antioqueños, para quienes la familia Echavarría forma parte de sus leyendas y de su vida diaria, al lado de las arepas y de los fríjoles.

No sólo entre máquinas y plantas industriales se ha movido la familia. Ha estado también en la cultura, en el deporte, en la beneficencia y en la educación. En ese pueblo acogedor que era Medellín hasta hace medio siglo, el origen de todo parece estar en línea directa con la familia Echavarría. El primer avión lo trajo don Guillermo; doña Sofía, una de las hijas de don Alejandro, fue la fundadora de la Orquesta Sinfónica de Antioquia; don Diego fundó biliotecas, auspició artistas y audiciones de música y no sólo se dio el lujo de traer la primera vitrola, sino de tener la primera discoteca clásica de Medellín; don Alejandro hizo la primera cancha de tenis de la ciudad y su hijo menor, don Carlos J., de la llamada «generación de los gerentes», se entrenó tanto en ella que acabó siendo campeón de ese deporte por mucho tiempo.

En tiempos más recientes, la familia ha estado vinculada a la creación de la Universidad de los Andes, Incolda, las fundaciones Santa Elena y Corona, y a la preservación del ecosistema de las islas del Rosario. Como dato curioso, la revista SEMANA fue creada en 1947 por don Hernán Echavarría Olózaga quien, conjuntamente con Alberto Lleras, emprendió este proyecto.

Los Echavarría han producido de todo: ministros de estado, gobernadores de Antioquia, toda una generación de gerentes, embajadores, un empresario en Alaska; compositores de música, y hasta tienen en la hoja de vida familiar a un activista de la resistencia contra la dictadura de Rojas Pinilla. En uno de los mayores escándalos políticos de la época, Felipe Echavarría Olózaga fue víctima de la tortura de los servicios de inteligencia, que lo sentaron en un bloque de hielo durante una noche, por oponerse al régimen. En esta generación, el caso más curioso es el que caso del capitán Pedro J. Echavarría, quien murió en Vietnam, combatiendo por los Estados Unidos.

Tal esa es la saga de los descendientes de don Rudesindo Echavarría Muñoz. Con sus éxitos y sus tragedias, son pocas las familias que logran estar vigentes en la vida nacional durante más de un siglo y esta es una de ellas.

Revista Semana.com / 08 octubre 1990

(Visited 16 times, 1 visits today)
Etiquetas: ,
Previous Post

La Patria boba – El Águila Descalza

Next Post

Envejecimiento lícito