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MAMÁ GENO, POLVO DE ESTRELLAS

Por ÓSCAR DOMÍNGUEZ
La mamá de todas nuestras vidas nos acompaña desde las estrellas. Se fue calladamente, sin incomodar, sin quejarse. Agarró el sombrero y se volvió eternidad. Partió con su calidad y calidez. Nos dejó su calidad y calidez humanas. Nos regaló el pez y nos enseñó a pescar.

Quedó linda para el viaje final. Manos brujas la maquillaron a tono con su coquetería de siempre. Quedó como acabada de salir de la peluquería, lista para la cita con Don Luis, quien la tendrá para él solito… el muy acaparador.

Las “muchachas” (sus hijas) le escogieron una pinta linda para que abordara el último tren. Vestía una blusa blanca, como su alma, de bordados, y una pañoleta color guayaba.

Su pelo blanco, siempre abundante, le lucía más que de costumbre. Sus manos de pianista hechas para la fatiga diaria, se tomarán un eterno sabático. Sus ojos cerrados miran hacia adentro, hacia la eternidad.

Nos dejó la mamá frágil, dulce, solidaria. Nos quedamos con la mamá frágil, dulce, solidaria.

Era discreta y vistosa como la hortensia, una de sus flores preferidas. Dijo adiós la consejera. La consejera sigue vigente a la manera de un Espíritu Santo personal.

Se fue dejándonos su vida y obra. Nos puso una talla altísima de entrega, lealtad, sacrificio. ¿Cómo decir que nos dejó solos?

Enteleridos seríamos si asumimos que quedamos sin brújula cuando la tenemos todita para mirarnos en el espejo de sus ejecutorias.

El blablablá nunca fue su fuerte. Había que sacarle las palabras con ganzúa. Su pulcritud e integridad hablaban por ella. De eso se trata en este “pacheo” de olla que es la vida de la que tanto disfrutó. Y a la que exprimió hasta el tuétano en sus 93 noviembres.

Resumió su parábola vital en pocas palabras: He vivido el invierno, el verano, la primavera y el otoño.

Su mano izquierda nunca supo en qué buenas obras andaba su mano derecha, siguiendo el mandato del evangelio, su maná diario.

Enalteció el oficio de mujer en todas sus acepciones. Anfitriona excelsa daba gracias por todo: por ver pasar una nube, por disfrutar lo que tenía, por saberse mimada por los suyos.

Nueve veces mamá, hizo del goce pagano de las pequeñas cosas una religión, una forma de vida.

Se fue en el mes de san José, uno de los santos con los que se tuteaba. Compartía admiración por el carpintero con Teresa de Jesús, quien dejó escrito:

Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir,

porque el placer de morir,

no me vuelva a dar la vida”.

No propondría un minuto de silencio por ella, sino un minuto, una hora, una eternidad de alegría.

Es para ella el verso de Geraldino Brasil: “No murió, quedó encantada”. No lloramos su muerte: nos regocijamos con su vida. Descansa en la paz que te ganaste, Mamá Genoveva. (www.oscardominguezgiraldo.co)