MINIMAS HISTORIAS DE AMOR

Por Oscar Dominguez
-A riesgo de parecer engreído, confieso que a mí la plata me la dieron en mujeres. Por ello he decidido repetir solo “parte” de mi prontuario erótico en el en tendido de que la envidia es mejor provocarla que sentirla:

G (he cambiado la consonante inicial de su nombre para proteger su identidad): Tendríamos diez años y compartíamos barrio Aranjuez, en Medellín, donde me enamoré de sus trenzas, de su piel y de sus pecas que hacían de su rostro un cielo estrellado, como se les dice a las pecosas para indemnizarlas. Yo le llevaba tres meses y dos sueños eróticos de edad. Ella me abochornaba con sus ojos perturbadores que después encontré, clonados, en la cara de Brigitte Bardot. Lo nuestro fue devastador, para mí un tsunami platónico… porque nunca supo de mi amor. Tampoco se enteró de que cuando no me determinaba en la calle me volvía ateo. Si no me volví anoréxico es porque entonces “eso” no se usaba. Como no podía viajar a Estados Unidos a hacerme operar de su desamor, me alivié cuando nos fuimos a vivir a ochenta cuadras “luz” de su desdén

Luzhache, del barrio Buenos Aires, vendía besos a través de la ventana de su casa a la piernipeludocracia de la cuadra. Solo ahora desearía encabezar la lista Forbes de millonarios para gastarme 47 mil millones de dólares en sus besos. Con boca y todo. A sus amiguitas les explicaba cómo saber si un amiguito estaba enamorada de ellas: Lo mirás a los ojos y allí encontrarás el letrerito de si te quiere o no.

Con K., mi primera novia (un nuevo amor siempre es el primero, dicen), cometí el único verso de que he sido incapaz. El verso fue tan malo que perdí a mi amada y las musas huyeron despavoridas. A espaldas de las hermanas de la Presentación, nos enviábamos tímidas cartas de amor en un libro de taquigrafía Gregg simplificada que conservo a un suspiro de mi computador. Por supuesto, en taquigrafía sólo aprendimos a escribir: Te quiero. Cuando sus padres estaban cerca, vigilándonos, ella, aprendiz de pianista, jugaba al braille con las teclas intentando «Para Elisa», de Beethoven. (A «Para Elisa» la utilizan desde siempre para anunciar paletas en la calle. Nadie sabe para quién trabaja, señor Beethoven). Otras veces pagaba los platos rotos algún nocturno de Chopin. Cuando nos quedábamos solos, nos desquitábamos oyendo boleros de Orlando Contreras o de Los Panchos. «Te
querré, K., morirás amada», decía el estribillo de mi poema. Pero ella
quería vivir de amor, no morir. Una vez me enterró en vida con una carta enviada décadas después. La esquela, redactada en letra Palmer, empezaba así: «Oscar, mi querido ex amigo…». Mi corazón quedó pagando escondederos a peso de por vida.

A LC la conocí cerca del parque de Berlín. Le gustaban las muñecas y el croché, a mí los balones, quebrar bombillos y viajar en zancos. Nos separamos por incompatibilidad de juguetes.

Su nombre no era Margot, no llevaba boina azul y en su pecho tampoco colgaba una cruz. Pero me demostró que uno se puede ennoviar de una sonrisa.

Fita no conseguía novios. Nos coleccionaba. Éramos kleenex desechables en su corazón siempre enemigo personal de la monotonía. A ella le dí el primer beso. (Bueno, a ella, no a su cachete. Nunca devolvió ese pico).

AG. tenía un corte de pelo cola de pato que me sacaba el aire. Nos «encontrábamos» en los Rosarios de Aurora en la Iglesia. Nunca fui capaz de desatar palabra en jurisdicción de sus caderas. Jamás me dio ni la hora de la semana pasada. Me provocaba darle un beso
“donde dijiste enemigos».

Una tarde, BMW, y yo, sin proponérnoslo, nos dimos a la tarea de perder la virginidad. Discrepábamos sobre la forma como iba el agua al molino sexual. Yo insistía en que el asunto se consumaba por la «evidente» y céntrica via del ombligo. Ella tenía información privilegiada distinta. «¿Entonces vas a saber más que yo?», le pregunté desde el penthouse de mi prepotencia. Salí por la puerta de atrás de su vida. Las mujeres se los resisten hasta pobres pero no ingenuos, atembados. Con esa lección me le enfrenté después a la vida.

Lupita –como la de Pérez Prado- volvía hilachas corazones del que dijera pago. Era mayor siete novios que yo. A sus espaldas, le dedicaba mis mejores suspiros. Y las canciones que ponían los mayores en el piano (traganíquel) de la cantina de la esquina. Como todavía no hay traducción al español del esperanto de los suspiros de un aprendiz de amante, tampoco supo que me hacía subir por las paredes de mis ganas.

ME, de La América, no volvió a salir conmigo desde cuando le agarré la mano una noche en que dos estrellas currucutiaban en el cielo. Le
dio miedo quedar embarazada si nos tomábamos de las falanges.

GC., mi «otra» primera novia, nos daba casquillo a los muchachos de la cuadra. Tenía sonrisa, mirada y caminado de mujer fatal. Su séquito de admiradores no sabíamos qué era una mujer fatal. Ella tampoco. Nos enamoraba con el misterio que sabía crear a su alrededor. La mirábamos con la ternura del perrito de la Víctor. Angelina Jolie, hace todo lo posible por parecerse a ella. Nos miraba con curiosidad de paleontóloga. Aun así, viéndola, nos provocaba creer en Dios, siguiendo el verso de Géraldy. Todos nos proclamábamos novios suyos… a sus espaldas. Habríamos sido capaces con su amor, pero no habríamos resistido que nos rectificara en público. Nos faltó ropita, audacia y desodorante para enamorarla.

LM, de Laureles, se me quedó grabada en la nariz por el perfume Caron (q.e.p.d., el perfume, no ella) que usaba (hurtado a su hermana mayor, así como yo aparecía con las camisas y las gafas Ray Ban de mi hermano para adquir cierto misterio. Así quedábamos en paz). Cuando me encontraba con su perfume en la calle, en otra anatomía, seguía el hilo de esa Ariadna y le pedía papeles a su propietaria a ver si me reencontraba con aquella delgada metáfora de tacón bajito y ojos color miel, según recuerda mi daltonismo.

Con Mariú, sólo nos veíamos los domingos de siete a ocho de la noche. Con su madre, escuchábamos por radio la Hora Católica. Mejor “ménage à trois” imposible imaginar. El nuestro fue un romance teológico con el fondo de la voz melancólica del padre Fernando Gómez. “Nos separamos como dos extraños cuando toda la sangre nos unía”. Años después nos vimos en el cruce de una calle. Nos sorprendió tanto vernos que nos ignoramos el uno al otro después de repasar las huellas del tiempo en nuestros rostros.

Otros amores eran tan fugaces como un bolero de Los Romanceros o de Gómez y Villegas, o tan prolongados como un viaje en tren. Como MQ, que era mi compañera de fórmula para pasar juntos el túnel de la Quiebra. En el trayecto, aprovechando el silencio de luz que siempre generan los túneles por definición, hablábamos el esperanto del amor con las manos.

La conocí un domingo, no hablamos de pasión, le pregunté su nombre, su teléfono y pocas cosas más. Ese teléfono terminó convertido en dos hijos y cuatro nietos.

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