Mínimo manual para envejecer

Por Oscar Domínguez Giraldo, Medellín

Me gozo estos setenta y pico de años que me tienen encuarentenado. Decidí pensar que soy un rico sin plata. El almuerzo nunca ha estado embolatado. Para darme ánimos digo que la riqueza no radica en tener mucho, sino en necesitar poco. La plata me la dieron en la gente.

Mi salud es tan buena que soy candidato a morirme “de” aliviado. Claro que he empezado a bajarle al azúcar y a la grasa. Tampoco hay que abusar. No sigo dieta alguna. Mejor dicho: mi dieta consiste en comer de todo, «con cierto ritmo y en cierta proporción». Prepagada y EPS se quedan con parte sustancial de los ingresos pero responden –se supone- por estas carnes y estos huesos

Me hago ver de la próstata cada año. El urólogo se encarga de violarme anualmente por parte anal. El proctólogo hace otro tanto. Mi odontóloga, se encarga de mantener vigente mi sonrisa a pesar de que algunas piezas se han retirado a sus habitaciones de invierno. Envejecer es cambiar de médicos.

Claro, hay ayudarse con un puré de pepas diario. Laboratorio da lo que natura va quitando. Bueno, eso cree uno. Las multinacionales de los medicamentos se aprovechan de nuestra ingenuidad y ganas de aplazar la cita con la pelona.

No me he retirado del trago ni de otros pecados capitales y no capitales:
ellos han tenido la coquetería de retirarse de mí. Es decir, no me he retirado por virtud, sino por sustracción de materia. Espero que eso también me valga para entrar al reino de los cielos. (Conviene creer en Dios porque ¿qué tal que exista?).

Imagen ODG

Tengo muchos libros por leer, de pronto alguno por escribir. Desde hace 20 años, bajita la mano, tengo listo el título de mi primera novela: “El hombre que no escribía novelas”. No le he agregado una letra.

Puedo garrapatear cuartillas sin caer en el estrés de pensar dónde me van a publicar. O a pagar. Ya no necesito posar de importante ni de inteligente y eso me aligera el estrés en un 99%. No estoy en el mercado laboral. Me gozo este anonimato tan titino.

Mi vanidad cambió de prioridades. Ahora me alegra constatar que  escogí el adjetivo correcto para un texto como éste que espero no duerma al hipotético lector. (Si lo duerme, favor avisarme para vender mis bobadas como somnífero, no como una forma de periodismo. A lo mejor, así consigo plata. Solo por curiosidad aceptaría ser rico).

Le encuentro encantos a reescribir viejos textos como este, voy a cinemateca a horas inverosímiles – bueno, antes de la pandemia- como las once de la mañana o la una de la tarde. A  veces soy el único espectador. Entonces me digo: “Una película para vos solito… ¡Qué importante te has vuelto en tu lento atardecer”.

A estas alturas del partido, digo con un personaje que interpreta Julia Roberts, en una película cuyo nombre me niega un coqueto e incipiente alzhéimer: “Siento que estoy empezando a desaparecer”.

Pertenezco al bus o transmilenio set. En la calle solo veo a quien quiero. Los que no me quieren ver, hace lo suyo. No volví a ningún coctel aunque lo correcto sería decir que no me volvieron a invitar.

Me duermo – y me babeo- en cine o en teatro, juego con mi computadora de ajedrez a la que bauticé «Materile-rile-ró».

El ajedrez es una de las más calladas formas de la felicidad. Me gusta regalar juegos de ajedrez. Lo hago porque me gusta compartir lo bueno que me ha sucedido. Mis sobrinos tiemblan en sus cumpleaños: saben qué el tío proUstático les puede regalar las 32 piezas.

Saco al parque a mi chihuahua, Nacho  (aunque creo que el asunto es al revés). Qué ser humano tan formidable es.  Soy cibernavegante, camino aunque no lo suficiente. Me siento en bancas del parque con colegas pensionados a quienes veo un tanto fatigados.

Me tomo señoriteros rones de aperitivo. Me levanto a las dos, tres de la mañana. A esa hora leo, escribo, escucho programas radiales para noctámbulos, procuro interpretar favorablemente  los astros, bebo café. Me vuelvo a dormir. Sueño con entierros para irme acostumbrando al mío…
De pronto me angustio como si tuviera 18 años, lo que me hace sentir tan vivo como a esa edad que considero de las vitales.

Me contradigo, luego existo, o sea que todavía puedo hacer dos cosas al tiempo. ¡Aleluya! La contradicción debería ser consagrada en la Declaración de los Derechos Humanos. No lo digo yo. No doy para tanto. “No se puede ser el mismo en todas las estaciones”, pienso con Antonioni.

Redistribuyo mi ingreso de pensionado con los pájaros de mi barrio que cantan sin sentarse a esperar el aplauso. Lo hacen por puro amor al arte. Lo que cantan bien y los que no (el bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que lo hacen bien, es una metáfora atribuida a Tagore). Cuando la gente me pregunta qué hago y les digo que soy pensionado, insiste: ¿Pero qué haces? En realidad, hay que ser un excepcional maromero de circo para saber cómo invertir las 24 horas diarias que te regala el reloj. El meollo está en saber ocupar creativamente ese lapso diario de eternidad.

Tengo listas dos hojas de vida: una para que no me empleen y la segunda, más académica, tan inflada y mentirosa que parece escrita con

silicona, para que de pronto me tienten laboralmente. Ya no envío ninguna de las dos.

De pronto escribo a empleadores  que en hiperbólicos avisos de prensa prometen entre 500 y 1500 dólares mensuales “sin moverse de su casa”. Nunca me han respondido. ¿Será que a través de internet sospechan  que no estoy interesado? También en la calle me regalan papelitos en los que me invitan a pecar con alguna diva. Eso me hace sentir vigente, importante.

Mi principal distracción – antes de C-19- es tomar el transporte público y largarme a leer el paisaje citadino.  Almuerzo corrientazo. Almorzar solo es una derrota social, sostiene el manito Villoro, pero a mí me divierte compartir con parejas desconocidas que practican la infidelidad y ventilan en voz alta sus angustias sentimentales y laborales. Supongo que hacen esas confesiones a manera de terapia. Extraña forma de ahorrar siquiatra.

También me topo con solitarios – mis colegas- que jamás volveré a ver, y sobre los cuales suelo escribir. Gracias, por ayudarme a ganar el pan.

Devoro los obituarios del periódico: de pronto se muere algún amigo. En los entierros uno se encuentra con todo su mundo. No sobra mantener las barbas en remojo.

Aunque todavía creo que solo se mueren los demás, en casa tenemos al día el seguro exequial. Sacamos la mano y nuestro “funerario” de cabecera, sabe lo que tiene hacer. He procurado vivir siguiendo el consejo del viejo Mark Twain: vive de tal forma que hasta el empresario de pompas fúnebres lo lamente. No creo que haya hecho méritos para que eso suceda, la verdad sea dicha.

Ya escribí – y publiqué- las palabras que se deben pronunciar el día de mis exequias. No quiero que quien lleve la palabra –si alguien la lleva- peque por exceso o por defecto.

En los entierros a los que asisto cada vez con mayor frecuencia,  me encuentro  con viejos colegas y amigos, nos leemos  las arrugas, recordamos cuando éramos “imprescindibles” (de ellos está lleno el cementerio, al decir de Napoleón) quedamos de vernos -lo que nunca sucede- y regresamos a nuestros sueños,  insomnios y soledades. De pronto “me siento aceptablemente póstumo”.

Con todo lo anterior quiero significar que la situación está controlada. Dejo constancia de que he sido un privilegiado. No lo merezco, pero tampoco puedo rechazar ese regalo que me ha sido dado. (Este larguero hay pasado por el taller de latonería y pintura).

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