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Nombres que cuentan la historia de los barrios de Medellín

Nombres tan curiosos como Barrio Triste, Barrio Bolsa y el Ñeque existen en Medellín. Así nacieron.

Que las calles de Medellín tengan nombres antes que números es un asunto que ni la ley ha podido cambiar. Aunque en 1934 un decreto obligó a ponerle un número en cada calle y carrera, ningún nombre desapareció. Como resultado, hoy cualquier paisa sabe llegar a El Palo y casi todos deben preguntar dónde queda la carrera 45, que es la misma.

Pero hay una gran diferencia entre que un sector se llame Doce de Octubre (en honor al día de la raza) o que se llame La Maruchenga, especialmente si nadie sabe lo que significa esa palabra.

“Muchos barrios tomaron sus nombres de las cosas que había cerca. El significado se perdió y por eso hoy resultan curiosos. El problema es que cambiarlos es aún más difícil: hay trámites legales que impiden hacerlo de la noche a la mañana”, explica Humberto Zapata, líder comunal de Bello.
La Maruchenga “no es a lo que suena”

Recordar el nombre de este barrio es más fácil que llegar. O al menos así lo era en 1977, cuando Soledad Rojas buscaba un hogar para su familia y terminó caminando por una vereda de Bello. Su memoria evoca una montaña con un puñado de casas, todas sin servicios públicos. En una esquina, cerca del camino de acceso, encontró una casa a medio construir que ella y su esposo podían pagar.

“Cuentan los que ya vivían en esas casitas que todo esto estaba rodeado de una planta llamada Marucha. En la zona solo había una tienda y ese era el punto de encuentro: los hombres decían ‘vamos a tomar guarito donde las maruchas’. A las meseras de la tienda las dejaron así, y el barrio terminó siendo una ‘maruchenga’”, recuerda Soledad.

Con los años la vereda pasó a ser un barrio organizado. Soledad y sus vecinos lideraron colectas, visitas a políticos y hasta a narcotraficantes, y al final tuvieron lo que buscaban: vías de acceso pavimentadas, aceras en cemento para las casas, servicios públicos, iglesia, colegio y centro de salud.

El significado del nombre del barrio se ha perdido entre nuevos vecinos y generaciones que poco preguntan por la historia, según explica Humberto Zapata, otro líder comunal que desde hace 50 años vive en el barrio.

“Alguna vez surgió la propuesta de cambiarlo por La Esperanza, que sonaba mejor, pero ya había uno así en Castilla (…) Por estos días que se abre el centro de salud también se propuso ponerle un nombre menos extraño y por eso el fin de semana inauguramos el Centro de Salud La Maruchenga”.
El Sagrado Corazón cuelga del barrio Triste

Como todo el centro de Medellín, El Sagrado Corazón tuvo una época de mayor esplendor: casonas grandes, familias grandes, iglesia enorme. Pero a finales de los años 60 no quedaba nada de eso: las casonas pasaron a ser inquilinatos, el comercio se expandió en el corazón del barrio y los límites con el río Medellín dejaron de ser espacios verdes, para dar paso a más casonas.

Fabio Montoya llegó en 1971 a trabajar en una estación de gasolina ubicada en “el rompoy de Palmitas”, donde hoy se ubica una escultura a los mecánicos, que ya es insignia del sector. Dos años después compró el local con sus hermanos y lo convirtió en un almacén de repuestos usados, y mientras trabajaba, fue testigo del nacimiento de Barrio Triste.

“En las noches y los fines de semana no se veía nadie por aquí. Con la llegada de mecánicos que hacían su trabajo en las calles, el piso se volvió negro. Luego llegaron los ‘gamines’, el vicio, y a todos empezaron a llamarlo el barrio Triste”, recuerda Montoya en su local que hoy se dedica a la venta de frenos para automóviles.

En los 80 y 90 el barrio siguió en decadencia. En palabras de Sergio Alzate, un vendedor de repuestos que lleva 26 años en el barrio, la constante era la violencia. Había pocos visitantes y las ruedas y tornillos, sellados con aceite de motor, comenzaron a hacer un nuevo pavimento para las calles, que aún hoy se aprecia.

En los últimos años Barrio Triste ha recuperado algo del brillo que un día tuvo. A la iglesia se le instalaron rejas y con ellas se fueron quienes dormían y hacían sus necesidades en la acera. Se emprendió un programa para recoger el aceite de motor quemado y los fines de semana se convirtieron en los mejores días para los almacenes y talleres. “Aún queda mucho por hacer, pero ya es un barrio más alegre”, dice Fabián.
A Barrio Bolsa nadie le quiere cambiar el nombre

Hace 50 años que Darío Cano llegó, de la mano de su padre, a un basurero en la parte alta de Belén. Detrás de la montaña de desechos, su padre despejó un terreno y con las tejas y adobes que le regalaron en la fábrica donde trabajaba, construyó una casa para la familia.

“Acá todo el mundo botaba de todo. Animales muertos, chatarra, basura. En las tardes venteaba mucho y las bolsas se elevaban y se enredaban con todo. Ahí comenzaron a llamar a esto el Barrio Bolsa”, recuerda Darío.

El nombre trascendió con los años y nadie, hasta ahora, ha emprendido acciones para cambiarlo. Para Darío es agradable, pues le recuerda su niñez: “en las noches el mejor juego era coger las bolsas, prenderles ‘candela’ y ver las llamas de colores, según el material de la bolsa”.

Hace un par de décadas, el alcalde de turno ordenó recoger la montaña de basura. En el terreno se construyó la Institución Educativa Alcaldía de Medellín y llegaron más pobladores a Barrio Bolsa.

Hoy son cuatro cuadras comunicadas por callejones por los que apenas pasa un carro. Alrededor aparecieron unidades residenciales, parques y colegios. “Ya no es lo que era, pero de aquí no nos vamos”, dicen tres hombres que juegan cartas en una esquina, mientras esperan que un niño les lleve gaseosas y pan.
Nadie sabe por qué El Cucaracho se llama así

Un grafiti da la bienvenida a El Cucaracho, en Robledo. Varias unidades residenciales crecen sobre la loma y unas cuadras después, justo al lado de la cancha, aparece el objeto más preciado del barrio: una estatua del Corazón de Jesús.

Héctor Molina aparece en la ventana de una de las tiendas del barrio. Su bisabuelo José María Molina -cuenta- fue el primer habitante del sector. “En una subasta pública, luego de pagar 8 pesos, la franja de terreno en la que hoy está El Cucaracho”.

Para probarlo, muestra documentos y una sola foto que se conserva; pero ni en esos archivos hay una explicación del origen del nombre. De lo que sí hay certeza es que el barrio estuvo a punto de desaparecer en 2006, cuando el Plan Parcial de Pajarito ordenó que se construyera una vía principal en el sector.

Héctor y sus vecinos se fueron al Concejo de Medellín, le explicaron a las autoridades que el suyo era un barrio y no una vía, y lograron salvar sus casas y, de paso, que les pavimentaran una vía de acceso con dos carriles para reemplazar el camino por el que a diario subían.

Luisa Castro López, quien llegó al barrio hace 24 años proveniente de Urrao, es una de las pocas que se aventuran a explicar el nombre del barrio. “Algunos dicen que se llama Cucaracho porque por aquí había muchos pájaros que llaman ‘cucaracheros’. Es que la gente no cree lo tranquilo que es esto. Usted se acuesta y lo despiertan las aves, nada más”.
A María Cano la cambiaron por Carambolas

El barrio Carambolas nació en medio de cafetales en la zona nororiental de Medellín. Yurany Quintero llegó hace 20 años -cuando tenía 8- y recuerda que su familia tuvo que caminar 20 minutos desde el barrio Santo Domingo para llegar hasta la loma donde construyeron su casa.

“Aquí había unas tres casas y cafetales. La zona se llamaba María Cano”. En menos de una década el barrio se constituyó legalmente, se construyeron vías de comunicación con el vecino Carpinelo y de la nada, el nombre cambió por Carambolas.

Según los recuerdos de Yurany y su familia, el nombre surgió por el gusto de los hombres del barrio por el billar. “Eran muy buenos y hacían carambolas. Y cuando eso pasaba gritaban ¡carambolas!”.

Pero los vecinos no están de acuerdo. En la casa de los Jaramillo dicen que el nombre surgió por los deslizamientos de tierra y lodo que había en la parte alta de la montaña, que hoy está poblada. “Las piedras caían y sonaban como carambolas”, gritan desde el fondo de la casa.

Para no tener disputas, el barrio figura como María Cano Carambolas, o al menos así lo dice la factura del impuesto predial de la casa de Yurany. “Al final eso no importa. Usted le dice a un taxista ‘vamos a Carambolas’ y él lo trae. A nosotros lo que más nos interesa es que se conserve la calma que hemos tenido en los últimos años. Hace años que no hay balaceras como las que sonaban todos los días, cuando yo era niña”.
¿Dónde queda El Ñeque?

El barrio es casi tan extraño como su nombre. Queda al lado de Barrio Bolsa, en Belén, pero a él no accede cualquiera. “Si van a subir, no pasen del granero”, dice una mujer desde la parte baja del barrio. Como todos aquí, no quiere dar su nombre, pero tiene una historia para contar.

Ella y su familia llegaron al barrio cuando aún era una zona de fincas de recreo. Como no había infraestructura, los niños se divertían en las pistas del aeropuerto Olaya Herrera, ubicado a unas cuantas calles. “Nos colábamos por la reja y cuando los ‘pillaban’, nos ponían a lavar los baños”.

Sobre el origen del nombre solo sabe que ñeque es el nombre que le dan a un animal. “Los ñeques son conejos de monte, medianitos. Cuando yo llegué no habían, pero dicen que antes sí, y por eso dejaron el nombre”.

Un hombre, que parece ser familiar de la mujer, dice que el barrio está tranquilo desde hace un año, cuando los ‘combos’ firmaron un pacto de no agresión, pero advierte que ellos siguen “cuidando” el barrio y no les gusta ver a mucha gente por ahí. Incluso, sugiere no hacer más preguntas.
“En Pablo Escobar se vive en paz”

Mientras se fuma un cigarrillo, Delia Rosa Tobón recuerda -con una gran sonrisa- el día que llegó a la que hace 30 es su casa. “Yo vivía en el basurero de Moravia. Allá llegaron los muchachos que trabajaban con Pablo Escobar, pidieron papeles del DAS y comprobantes de que no teníamos casa, y nos dijeron que nos daban una”.

Como ella, 450 mujeres y sus familias empacaron las pocas pertenencias que tenían, las subieron a unas volquetas enviadas por el extinto narcotraficante, y llegaron al barrio Medellín Sin Tugurios.

“El nombre no nos gustó. Y como estábamos agradecidos con Pablo, le pusimos el nombre en honor a él”, cuenta Ana Judith Orrego, vecina de Delia.

La polémica que rodea el nombre ha sido ajena al barrio que, para demostrar su deseo de mantenerlo, pintó un mural con el rostro de Escobar al lado de la vía de acceso. “Aquí quisieron que esto fuera Cauces, y tampoco nos sonó”, dicen las mujeres mientras fuman.

Ellas reconocen que el nombre de Escobar tiene connotaciones negativas para el país, pero están agradecidas por lo que recibieron. “Él hizo muchas cosas malas, pero con nosotros hizo otras muy buenas. Nos dio mercado y nos sacó del basurero. Eso no lo hace nadie más”.
El Palo con el Huevo queda en pleno centro

Al lado de la carrera El Palo, en pleno centro de Medellín, se construyó un edificio ovalado, que hoy sirve de hotel, sede de peluquerías, discotecas y litografías. A los habitantes del sector les pareció tan particular su forma, que lo llamaron ‘El Huevo’.

Y entonces la esquina en la que ambos se cruzan, paso a ser ‘El Palo con el Huevo’. “A muchos les da risa cuando le ponen malicia a la cosa. Incluso creen que no es real, pero aquí estamos”, explica Harles Gil, dueño de un restaurante que hace una década funciona en el sector.

A él lo acompañan un par de discotecas, peluquerías atendidas por hombres venidos de Chocó, hoteles, y el paradero de los buses que van a las comunas 8 y 9. “Este es un sitio de paso. Pero es muy tranquilo. Aunque sigue siendo centro y hay ruido y caos, los que estamos, estamos contentos aquí”.

VANESA RESTREPO B.