Nostalgias de Domingo

Por Saulo García   / 
La primera casa que recuerdo estaba entre las montañas. Era una pequeña finca a dos horas del pueblo caminando por carretera destapada. Al dejar la vía principal se ingresaba por una trocha rodeada de maleza.
Era una casa de techo alto, muros de tapia y piso de barro. Allí fuimos muy felices con muy poco.

La puerta principal tenía dos alas; chapa de hierro con una llave de 20 centímetros de largo que pesaba media libra. La mesa de comedor eran unos sacos de abono “Abocol” amontonados en el corredor. En lugar de bombillas teníamos lámparas de petróleo construidas con un frasco que tenía un orificio en la tapa por donde salía la mecha que absorbía el combustible.
Mis hermanos hacían las veces de tubos del acueducto porque eran ellos quienes traían el agua del charco en cubetas, la lavadora era mamá instalada de rodillas a orillas de la quebrada restregando la ropa en una piedra; la ducha era su brazo con un tazón de agua helada en mi cabeza y el televisor era una ventana donde todos los días se veía el mismo show.

En el patio había un guayabo, un naranjo y el árbol de aguacate que amenazaba con caer sobre el techo.. Cada año en tiempo de cosecha comíamos aguacate hasta aflojarnos el estómago. Las pepas se guardaban para tostarlas y molerlas porque se decía que tienen mas propiedades que el mismo aguacate. Con estas se hacían mascarillas para la caspa y el acné, baños de asiento para las hemorroides y cocimientos para la fertilidad femenina. ( Los cocimientos los preparaba una vecina. Mamá no los requería porque quedó embarazada 14 veces. Cinco abortos y nueve hijos de los cuales murieron cinco de enfermedades básicas que hoy en día son perfectamente curables)

Trepado en el aguacate me sentía alguien importante. me gustaba esa sensación de ver el mundo desde un lugar mas alto. Creo que ese fue mi primer escenario. Mi madre que como todas las madres adivinaba el futuro decía:
-Un día se va caer
y el día llegó: perdí el equilibrio, y caí como un aguacate. Ese fue uno de tantos golpes que me afectó la columna.

Al centro del corredor había una puerta verde con la pintura descascarada. Esta
daba entrada a la sala donde dormíamos los cuatro hermanitos. José Jesús y yo en la cama arropados con una cobija que tenía un maldito hueco que dejaba entrar el frío. El colchón en cambio era muy calientito porque estaba relleno de heno seco.
Gerardo y Nicolás en el suelo sobre una estera hecha de troncos de plátano seco. La estera se debía recoger y enrollar en la mañana para que no estorbara el paso.

Había cuadros religiosos en todas las paredes: la virgen María Auxiliadora, el corazón de Jesús, San Martín de Porres. El que mas me atraía era el cuadro de la última cena porque reflejaba la abundancia que nosotros no teníamos. Siempre pensé que algún día yo también podría probar las uvas. Había un cuadro que me asustaba mucho y lo peor es que estaba colgado justo en frente de mi cama: Era una pintura de las almas quemándose en el purgatorio. A veces no podía dormir imaginando que era yo quien estaba ardiendo a causa de mis malos pensamientos o de las mentiritas que le decía a mi mamá para que no me pegara.

Era una casa vieja de techo alto y muros de tapia donde las noches eran muy oscuras y los días muy claritos.

Tengo muchos otros recuerdos que iré compartiendo con Ustedes. O a lo mejor, atiendo sus sugerencias y un día recopilo todas estas nostalgias en un libro.
Les deseo un feliz Domingo.
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