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Porfirio Barba Jacob, el poeta que nació dos veces

Sería necio pretender develar una historia del oscuro Porfirio Barba Jacob: tan negro, lúgubre, sórdido, frágil, móvil, tan lúbrico, fértil, vivo, tan muerto, tan él: poeta de enigmáticos e inagotables mitos.

Narraré entonces lo que la ceguera obvió de los dos pueblos que –cual guerreros de la nada– se pelean su nacimiento: Santa Rosa de Osos y Angostura.
Ambos del norte de Antioquia, faldudos, húmedos y fríos. De carreteras casi impenetrables, aunque allá –de vez en cuando– golpee el siglo XXI.
Los pocos, a los que aún les importa el poeta, dicen que hay dos partidas de bautismo. Una en cada pueblo, como constancia de que Miguel Ángel Osorio, nombre que sus padres le dieron, nació en ambos.
Pero ¿en ese tiempo se podía bautizar dos veces a un recién nacido? O… ¿Una de las dos partidas de bautismo es falsa?
En el archivo de la parroquia de Santa Rosa de Osos, en un polvoriento libro –folio 86 y 87–, el presbítero Francisco Antonio Montoya, de puño y letra, hace constar que el 3 de agosto de 1883 comparecieron ante él don Antonio María Osorio y doña Pastora Benítez, con un bebé en brazos al que llamaron Miguel Ángel.
Solo pasaron cuatro días desde que Pastora lo parió y el pequeño ya contaba con su documento de identificación católica, el que solo se pierde en un incendio.
Pero el de Miguel Ángel Osorio no conoció llamas. Lo conserva la iglesia, protegido, empastado, organizado por años, meses y días.
¿Por qué entonces a 31,6 kilómetros de allí, en Angostura, también lo bautizaron?.
Por lógica de infraestructura vial de la época, esa distancia se recorría en tres días, o uno, si no se bajaban unas horas de la mula que sorteaba barrancos, precipicios y lluvias.
Será que su madre sí estaba en Angostura y no en Santa Rosa de Osos como lo sostienen en ese pueblo. Ya no hay testigos, pasaron 131 años.
Lo cierto es que en Angostura, en la Casa Museo Porfirio Barba Jacob, reposa un certificado que da cuenta de que en el “mes de diciembre de 1883, haciendo confirmaciones” el obispo doctor Joaquín Guillermo González “administró el sacramento de la confirmación” a Miguel Ángel, “hijo legítimo de Antonio María Osorio y Pastora Benítez”.
En ese tiempo una partida de bautismo no era lo mismo que una de confirmación. Dicen a los que les importa la religión que la confirmación, si se le hacía a un bebé, era porque este estaba muy enfermo, a punto de morir. Pero MiguelÁngel no se murió, al menos no ese año.
¿Dónde carajos nació entonces?
Rafaél Leuce, un aficionado al poeta, asegura que doña Pastora, quien era maestra de escuela, fue trasladada a Santa Rosa de Osos el 10 de abril de 1883. Y cuatro días antes ‘corchó’ a sus estudiantes con un difícil examen presencial.
Todos esos papeles que confirman su teoría los tiene guardados en una casa que alquiló solo para ello: para conservar las cosas que le pertenecieron o hicieron parte de la vida del poeta de la vida y la muerte.
Tiene más de 400 pertenencias, entre ellas, la partida de bautismo, el documento que doña Pastora firmó al llegar al pueblo como nueva directora de la escuela de niñas de Santa Rosa de Osos, las maletas que usaba el poeta para ir de un lado a otro, las escopetas y los machetes que Barba Jacob conservó después de prestar su servicio militar en la guerra de los mil días.
Pero lo más importante que conserva entre esas húmedas paredes es el final de la Canción de la vida profunda, no el mejor poema de su carrera, pero sí el más recordado.
Quizá seremos náufragos sedientos de infinito/ y en piélagos sin playas del infinito en pos/ seremos leves briznas en la inquietud del cosmos/ o móviles reflejos en la quietud de Dios.
No sé por qué lo suprimió. Qué bello final. Solo lo conoció su íntimo amigo, el artista Marco Tobón Mejía. Se lo mostró en México. A nadie más. Lo público sin la estrofa, egoísta, autocrítico, de perfección literaria.
Pero para no dejarme encantar por las serpientes poéticas de Barba Jacob, vuelvo a lo de su nacimiento.
El Concejo de Santa Rosa de Osos comisionó al historiador Martín Medina para que dirimiera el conflicto. La prueba que le daría la razón es que a los meses de haber nacido Barba Jacob, su madre fue trasladada a la escuela de Anorí.
“Algunos dicen que fue a los mesecitos, yo digo que fue seis años después. El camino de Santa Rosa hacia Anorí era por Angostura, donde vivían los abuelos del niño. Para no someterlo a ese viaje lo dejaron allá”, asegura Medina.
Pero la partida de confirmación que hay en el archivo de la iglesia de Angostura –como lo dije anteriormente– tiene fecha de diciembre de 1883, ¿sí averiguaría bien el señor?
Sea como sea, Barba Jacob termina en Angostura viviendo con sus abuelos paternos: Emigdio Osorio y Benedicta Parra.
Ese niño feo, chiquito, flaco empezó a hacer poeta en el sótano de la casa de sus abuelos. Fue después de los 10 años.
Se enamoró de una muchachita, Teresita Jaramillo Medina. Se escondía en el sótano de la vivienda –de paredes de tierra, oscuras, tenebrosas– a escribir con un clavo.
Pues sí, un clavo tatuó para siempre las primeras letras que el poeta de todos los tiempos dejó para la historia de este país olvidadizo.
Teresita mi amor. Soledad amor.
Fueron algunas de las frases, aún legibles, que Miguel Ángel dejó en esa vieja casa en la que las cosas que conservan del poeta son tan mínimas como la historia que ahí recuerdan de él.
Teresita nunca se casó. Miguel Ángel se fue en busca de la palabra. No la volvió a ver hasta 1905 cuando murió su abuelo. Fueron uno solo de nuevo. Su apoyo en la angustia. Él partió, jamás la volvería a ver.
El 14 de enero de 1942 al poeta se le dio la regalada gana de morir en ciudad de México, como le dio la gana a García Márquez y como le pasará, sino se pone las pilas, a Fernando Vallejo, el escritor méxico-colombiano que sabe más de Barba Jacob que cualquier habitante de esos pueblos.
Fragmento de la ‘Dama de los cabellos ardientes’: un poema a la marihuana
Decíame cantando mi niñera
que a mi madrina la embrujó la luna;
y una Dama de ardiente cabellera
veló mi sueño en torno de la cuna.
Su cabello –cauda sombría–
ondeando al viento, ondeando al viento, ardía, ardía.
Ya en las tórridas noches, si derrama su efluvio un huerto y me mitiga un lloro,
y en mi sueño de párvulo se inflama un astro azul de abéñuelas de oro; ya en el viaje feliz por los caminos que moja
un agua de tenues hálitos,
entre brillos de aurora,
trinos de pájaros y muchas lágrimas…
¡Oh, el viaje a Santa Rosa, sobre oro edificada! Se ven las torres…
Bordeando los senderos
granan mortiños,
crecen romeros…
Ya en los juegos del Tenche, cuando llena
olor sensual la bóveda enramada, vuela un mirlo,
arde un monte, muere un día;
o en la aldea de incienso sahumada, donde el melodium
en el templo suena y el alma vesperal responde: ¡Ave María!
O en San Pablo, de guijas luminosas,
no he visto pez, guayabas ambarinas,
platanares batidos con lamento
y un turpial que en la hondura se ha acallado:
en cada instante mío, en cada movimiento
–su cabellera un fuego desatado
y ondeando al viento, ondeando al viento–
¡Ella estaba a mi lado!
Yeison Gualdró EL TIEMPO
MEDELLÍN