Prohibido caerse

Columna Desvertebrada, El Colombiano, ag. 25-2022 / Oscar Dominguez

Solo una ínfima parte de la población puede celebrar en un mismo mes el día del pensionado, del viejo y del anarquista que respeta el semáforo como sugiere Joaquín Sabina.

Este escribano figura en esa insólita lista. ¿Es algo para alegrarse o preocuparse? Fácil resolver la disyuntiva: “Gaudeamus igitur” (alegrémonos, parceros, en una libérrima traducción de la antigua canción universitaria).
No le tengo bronca a la vida ni a su carnal la vejez. Me la gozo, no importa que cuando me mire al espejo tenga que apartar códigos de barras, arrugas y pateganillas para llegar al sujeto que aparece en la cédula original con cara de retrato hablado, de conocido n.n.
Los árboles de los almanaques no dejan ver el bosque de cuando éramos jóvenes y bellos. Maluco también es bueno, me digo estoicamente. Y agrego con la escritora española Rosa Montero que la vejez es la prueba más contundente de que estamos vivos.
Hay piedritas en el camino de la vejez que hacen más agitada la andadura. Mencionaré algunas.
Conseguir una cita médica, pagar servicios, lo que sea, es todo un camello. Lo siento por quienes no tienen una mano amiga, ojalá del mismo chamizo genealógico, que se encargue de esas arduas faenas. Difícil hablar por teléfono con una voz de carne y hueso. Te la tienes que ver con máquinas. A quienes nos patea la tecnología sufrimos hasta con los famosos QR de los restaurantes y similares.
En esos lugares nos miran rayado, en letra pegada, porque ordenamos un plato para dos. O pedimos la porción para niños. O nos llevamos los restos para el perrito, a sabiendas de que el perrito es uno al desayuno.
Ver desocupar el amarradero a amigos y contemporáneos nos baja las defensas.
Nos volvemos amigos íntimos de los pasamanos de los edificios. Cuando llegamos a alguna parte buscamos la tierra prometida de una banca para depositar allí nuestros arcaicos cuartos traseros. La vejez entra por las piernas.
Se aconseja no hacer dos cosas simultáneamente. El presidente Bush se atragantó cuando comía insípidas galletas (pretzelts) y miraba televisión. Lo salvaron los sabuesos de la seguridad.
Preferible no tropezar ni caer. O desmayarse, como le sucedió al senador Humberto de la Calle. Lo necesitamos para perfeccionar lo que bajo el actual mandato bautizaron como paz total. Más importante todavía: necesitamos su indiscutido liderazgo para derrotar la dictadura nefasta del QR en restaurantes.

Con hartos almanaques encima, se vuelve hábito olvidar dónde dejamos prótesis como celulares y llaves. Y antes de que se me olvide, comparto esta historia tomada del nuevo libro de Jaime Lopera y señora Marta Inés Bernal “La culpa es de la vaca, para mujeres”. Le preguntan al marido por qué visita a su señora todas las mañanas si ella hace cinco años que no lo reconoce: : “Porque yo sé muy bien quién es ella…”.

Por

Oscar Dominguez

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