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Ramón Vásquez, el maestro de Ituango


Por su talento, Ramón Vásquez despertó la admiración de grandes maestros como Eladio Vélez, Emiro Botero y Carlos Gómez Castro. 
Al maestro Ramón Vásquez siempre le ha gustado nadar contra la corriente, independiente de lo que digan los críticos de arte. Foto: Giusepi Juan Restrepo Marín

Autor: Juan David Murillo Hoyos 
EL MUNDO

A Ramón Vásquez, el maestro de Ituango, no le gustan los autorretratos. Ni siquiera me miro en el espejo, dice.

Aún así reconoce que el hombre de cabellos grises, desordenados y delgados como hilos de humo que se ve en sus pinturas tiene un poco de él. Es la representación del artista apasionado que pasa horas dedicado a la vida contemplativa, rodeado de lienzos y esculturas.

La soltura en sus pinceladas expresa la libertad que lo ha caracterizado y por la cual lo han tildado de irreverente. Precisamente, su más reciente exposición se denomina «El loco genial», y se puede visitar en el Hotel Portón Medellín.

«Yo nunca le pido permiso a nadie para pintar.

Yo pinto lo que quiero», expresa el artista que no conoce reglas, no confía en los que se ufanan de ser críticos de arte y le incomodan los «lagartos».

A su parecer, uno de los mayores problemas que tiene el arte contemporáneo es que está movido por el dinero, de ahí que muchos consideren que una obra está pasada de moda.

«¿De manera que el arte es moda? Entonces usted es muy bruta», recuerda que respondió alguna vez a una reconocida crítica.

Y aclara que no odia a nadie. Simplemente es un hombre muy franco y, en sus palabras, se deja ver la modestia.

Cuando le preguntan cuál es el cuadro que más le gusta responde que ninguno, ya que siempre les ve errores por toneladas. «Uno todos los días progresa más». A esto añade que apenas está empezando, que se considera muy joven para pintar.

Siempre ha estado contra la corriente. Recuerda la ocasión en que Eladio Vélez lo puso a pintar una silla y el se decidió por la cabeza de Donatello. En ese entonces, como ahora, le interesaba el cuerpo humano al punto que se dedicó a estudiarlo por su propia cuenta para después enseñarlo a otros en su clase de anatomía artística.

«El que pinta desnudos pinta paisajes. Vea a esta nariz le entra la luz por el lado de acá y le da sombra», y compara este efecto con el que produce el sol sobre las montañas.

Lo onírico

Le parece de vital importancia que los niños se acerquen a las manifestaciones del arte y de este modo descubran sus talentos, ya que todos ellos son creadores en potencia, manifiesta

«Todo ser humano es artista. Que unos se van por otro lado, es verdad. El niño nace bueno, pero la sociedad lo corrompe».

Su acercamiento al arte lo logró por medio de la pereza, que considera ‘la madre de todas las virtudes’. «Si no fuera por nosotros los perezosos, ¿Quién crea?», pregunta. De igual modo, reconoce que el paso por la academia es positivo porque esto brinda mejores condiciones al artista.

Considera que en la pintura existen maestros y no son precisamente los que figuran. Admite que existen muchos a quienes no quisiera imitar.

A través de personajes y paisajes, Ramón Vásquez lleva al espectador por un universo onírico en el que se develan las ataduras del hombre moderno. Deja ver sus añoranzas por el pasado y la vida del campo, al igual que la profunda desconfianza que le produce el futuro.

«El futuro lo veo muy feo. El hombre es como el alacrán. Él mismo se va a matar», y añade que los países desarrollados están acabando con los recursos naturales sin darse cuenta. Luego vendrán los lamentos. «Después de ojo sacado no vale Santa Lucía», remata.

Biografía – El arte es pensar

Ramón Vásquez nació en Ituango en 1922 y además de pintor es muralista. Aclara que no se inclina por ninguna de las dos facetas.

«Hoy soy muralista, mañana pintor, pasado mañana soy dibujante, después nadador y esgrimista. Yo vivo mi vida», dice sin tapujos.

Su infancia estuvo marcada por las dificultades económicas lo que lo llevó muy pronto a viajar a Medellín. Su primer hogar fue el Hospicio de la casa de pobres, donde vivió por un espacio de 5 años.

De esta época recuerda de manera muy especial a su amigo y artista Francisco Madrid Quiroz, con quien compartió varios años de estudio en el Instituto de Bellas Artes.

«El arte es pensar. Poner el inconsciente a que trabaje con la conciencia», expresa. Nunca se ha sentido en desventaja frente a otros creadores. Asegura que siempre hay que seguir para adelante.