YouTube
Facebook

Tres barrios diferentes y una historia verdadera

Itagüí creció a borde de carretera  – 25 de Enero de 2009

Cuando se erige en Parroquia el Curato de Itagüí uno de sus grandes Distritos era el de Guayabal. Nacía en el antiguo puente de Itagüí (1876) tomaba la berma izquierda hacia el norte y terminaba en la quebrada la Harenala, límite con Medellín. Ésta incipiente trocha era el eje rutero y en sus costados eclosionó la parte norte del municipio que en futuro llamarán Santa María con sus respectivas subdivisiones.

Hugo Bustillo Naranjo – Especial para EL MUNDO 

Para 1900, las generosas brisas del sur se empeñaban en hacer circular por sus haladas corrientes el dulce olor de la caña, que provenía desde la Hacienda Guayabal propiedad de don Pepe Sierra, marcando la ruta panelera avizorada por la Ladrillera del Valle y el fogoso Galpón Guayabal.

En 1941 termina la construcción del Hipódromo San Fernando y toma fuerza en sus alrededores un nuevo asentamiento que empieza a figurar como La Raya. Diez años más tarde la Urbanizadora Popular, muy cerca de las barandas de su cuna, aglutina al Barrio San Fernando.

Los inicios de los años sesentas marcan para la Urbanizadora Nacional la compra de fundos de la Finca Sajonia que inicia las divisiones dándole vida a los barrios Simón Bolívar y el Carmelo, incluyendo su parroquia, y traza la Avenida Cristo Rey (Avenida Santa María) anexos que se mencionan como Santa María No 2.

Para 1965 en tierras y cercanías del Tejar San José después de la compra-venta de algunos minifundios, se inicia el reconocimiento del Barrio El Guayabo como el primero que nace a orillas del camino de herradura, que de cabestro, arrimaba hasta la vereda de Los Gómez. Ésta había empezado a respirar en 1930.

Otro laberinto vecino era el llamado la Cochera que llevaba a los Tejares del Valle. El templo parroquial Santa María Madre de la Iglesia, se luce en 1967, agrupando además de los anteriores a la vereda el Ajizal, antes Loma de los Ochoa, que había empezado su vigilia pastoral desde 1950. Por asuntos administrativos y religiosos es la cabeza espiritual de la subdivisión Santa María No 1.

El Barrio de los Chorriados

Por la compra de varios lotes incluyéndose en ellos los terrenos de La Rochela, un súbdito italiano, residente en Medellín, denomina ésta nueva propiedad como La Hortencia. La extensión había sido poblada desde los años cuarentas. Antes de cualquier nombre los vecinos del área lo llamaban el barrio de los Chorriados, porque todos bajaban de las lomas vecinas, resbalados, “patinando”, “pelotiados” y en invierno, haciendo equilibrio, con la ayuda de bastones, para no ensuciarse la ropa que llevaban puesta. A partir de los sesentas en el sector toma fuerza el nombre del Corazoncito. También lo llamaron Los Muñoces. Ahora lo conocemos como San Pablo. La extracción de material para la elaboración de atanores, adobes, tejas y ladrillos le marca sus espacios, le enrarece y entristece sus aires.

 

Alfarera Los Búcaros, Ladrillera La Gloria, Ladrillera del Valle, Ladrillera La Pampa, Ladrillera Alcarraza, Ladrillera Antioquia, Ladrillera Medina, Tejar Santa Mónica, Tejar San Fernando, Tejares Vélez, Tejar San José, Tejar Santa Ana, Galpón El Rosario y Galpón Medellín además de los antes comentados; han explotado el aluvión que se deposita en los montes adyacentes a las quebradas el Pedregal, la Tablaza, la Jabalcona, la Llorona y la Raya.

El Barrio de los Chorriados pierde su nombre y apellidos, pero llegan a reforzar sus vivencias las Hortencias 1 y 2, Alicante, Villa Central, La Posada, Villa Mayor, Santa María del Campo, Praderas de Guayabal y ocupando la cuna del recordado Galpón Guayabal se impulsa Viviendas del Sur; probablemente unos de los sectores mejor planificados del Municipio.

El Barrio Sedeco

El barrio obrero resulta por el proceso de ósmosis que la empresa Coltejer en sus propios terrenos experimenta. Desde 1944 había adquirido a la empresa Sedeco que avistaba al frente de sus filtros, sobre el lado oriental, al pasar la quebrada doña María. Para los años cincuentas la Textilera conforma un conjunto residencial entregándoselo a los operarios de menos ingresos y sus familias.

Constaba de zonas verdes y recreativas, centro de salud, cooperativa, escuela, farmacia, servicios comunales, vigilancia, etc. Suscribe un contrato con el Municipio donde no pagaría impuesto predial y a cambio adjudicaba las casas a sus asalariados. Las residencias no tenían nomenclatura oficial ni figuraban en los planos de Itagüí. Los celadores tenían la misión de informar las anomalías sucedidas en las casas y su número, a la Oficina de Personal, si existía algún inconveniente.

Durante algunos años todo estuvo bajo control pero los cambios políticos de la época afectaron de alguna manera las relaciones obrero-patronales. Los conflictos sociales no se hicieron esperar. Los Borrachos, jugadores, parranderos, pendencieros e inmorales; no tenían cabida en aquella comunidad. Algunos fueron pillados “con las manos en la moza”.

El hacinamiento, la promiscuidad, la lucha de clases, el constante chismorreo y el poco interés por proteger sus casas, obligaron a la Compañía a terminar las hipotecas a los trabajadores, y éstos a devolver las viviendas.

La firma pensando en su expansión al futuro, como efectivamente ocurrió, no dio marcha atrás en su decisión. Si iluminó sus propiedades y a un nuevo postulante vecindario edificando, en 1961, el templo al Divino Redentor. Así mismo compró a la municipalidad la Calle de Las Basuras y trazó las paralelas que extienden la Avenida de las Américas para comunicarla con Envigado.