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Carabobo, el encanto del regreso

 

Por
Oscar Domínguez Giraldo

Caminar por Carabobo es sinónimo de deshacer pasos. El rito tiene mucho de parábola del retorno.

El paseíllo se inicia en la plazoleta donde se pavonean las hipérboles de bronce de Botero (mujer, esfinge, hombre caminante, Venus dormida). En su silencio mudo las esculturas lamentan que estén rifando a un hermano, hombre fumando, entre encopetados bebedores de Club Colombia. La rifa está concebida del tal forma que los del gajo de abajo no puedan tener un Botero en la sala de la casa donde seguirá mandando el cuadro del Corazón de Jesús. Con razón la Súper de Industrias les apretó clavijas a los cerveceros.

La remozada Iglesia de la Veracruz les da la bienvenida a visitantes que entran a hacerle inevitables lagartadas al de Arriba.

El deambulario lleva pronto al viejo Palacio Nacional. No hay ruido de incisos ni de códigos. Todo es bullicio de vendedores. En esa Babel nadie parece recordar que muchos se suicidaban en las entrañas del edificio. El sitio perdió todo atractivo para tan fúnebre menester. El negocio de la vida le ganó al de la muerte. En el caso del Palacio suicidarse era ahorrar en ascensor.

Con la terquedad de la mujer de Garabato, sigue en su sitio el viejo almacén Caravana.

No sufre el estrés de pensar que lo va a comprar alguna multinacional. Se mantiene, impávido, con su bajo perfil de siempre. Y con su fiel clientela.

Sigue en servicio activo la vieja escalera eléctrica, con tiqueta de ida nada más. ¿Será la misma de hace 50 años? Una empleada a la que le pregunto jura que sí. Varias décadas después de haberla disfrutado la veo minúscula. Antes me parecía tan grande e inalcanzable como conseguir novia o subir al Empire State. Durante mucho tiempo, fue el invento más deslumbrante. Buses de todos los barrios llegaban con piernipeludos que iban a conocer la escalera. No era posible montar en ella y seguir siendo el mismo en la vida.

Permanece en su sitio el primer Exito con el que se encabaron los Toro. Todo un ícono. O un agüero que se conserva para que crezca la emblemática empresa que ahora hablará mayoritariamente francés.

En jurisdicción de Carabobo se consigue de todo. Hasta un raponero de manos fáciles empeñado en que las cosas cambien de dueño.

El viajero tiene prisa por saber qué pasó con el viejo Guayaquil. Ni rastro de los viejos cafés de tangos ni de los prostíbulos. En lugar de Rodríguez Peña y la Gayola, hay sofisticados centros comerciales. Donde quedaban La Bola Roja y hoteles para amores fugaces, con tarifa reducida para estudiantes acosados por la libido, funcionan librerías como la Interuniversitaria o Forum.

No más viejos pianos Wurlitzer que molían milongas alegres y tangos despechados en los que siempre está muriendo alguien. Los remplazaron modernas rokolas con imagen.
De que no muera el viejo Guayaco, se encarga el Salón Billares Aguadas, donde pensionados sin agenda hacen y ven hacer y deshacer carambolas, como quien deshoja la monótona margarita del tiempo.

Sobrevive el Hotel Olímpico (teléfono 5140455). Tiene una escalera eterna, de color amarillo desteñido que desalienta cualquier intento de pecar en su jurisdicción.

Recordé que una noche, en Carabobo, al bajarme de un bus, una dama de vida horizontal, me confundió (¿¡) con uno que la conejió. Me amenazó con un pico de botella.

Felizmente en esa época corría cien metros por debajo de los 15 segundos? La parábola del volver, volver, volver, llega a su fin.
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