LoPaisa.com – Medellin Antioquia

Guayaquil: la república independiente del rebusque

Decían los viejos que quien no conoció el Guayaquil de Medellín apenas conoció la mitad de la ciudad. La otra mitad estaba allá, donde el ruido tenía domicilio fijo y el rebusque era una profesión con especialización y posgrado.

Guayaquil no amanecía; simplemente cambiaba de turno. Cuando el resto de Medellín apenas bostezaba, allí ya se había vendido un reloj sin manecillas, dos gallinas con vocación de ponedoras, tres remedios que curaban desde el mal de amores hasta la pereza crónica, y un paraguas tan usado que conocía más aguaceros que el río Medellín.

Era la universidad del ingenio. Allí el vendedor no ofrecía mercancía: ofrecía esperanza. Si vendía una pomada, servía para los callos, el reumatismo, el mal de ojo y, con un poquito de fe, hasta para que el suegro se volviera amable. Si ofrecía un tónico, prometía dejar al más desganado con el ánimo de un muchacho estrenando novia.

En Guayaquil nadie era pobre de conversación. El que no tenía plata tenía cuentos; y el que no tenía cuentos, inventaba uno antes del almuerzo. Bastaban cinco minutos parado en una esquina para escuchar un discurso político, un sermón improvisado, una discusión sobre fútbol, una receta para curar el guayabo y un poema recitado por algún bohemio que confundía la inspiración con el aguardiente.

Los fotógrafos ambulantes retrataban a cualquiera con una solemnidad que ni los presidentes. Uno posaba tieso, con el sombrero bien puesto y la barriga bien escondida, porque la fotografía era la única oportunidad de parecer más importante de lo que permitía el bolsillo.

Los libreros de viejo eran filósofos sin diploma. Entre novelas deshojadas y almanaques amarillentos encontraban desde un tratado de medicina hasta un libro de espiritismo, como si el conocimiento y los fantasmas compartieran la misma estantería.

Y qué decir de los pregoneros. Había uno que vendía emplastos con tanta elocuencia que, al terminar de escucharlo, el único enfermo era quien no le compraba. Otro anunciaba unas gotas milagrosas capaces de devolverle el cabello hasta a una piedra de río. La ciencia jamás los respaldó, pero el entusiasmo de aquellos comerciantes merecía un doctorado honoris causa.

Por sus calles también desfilaban los náufragos de la fortuna: hombres vencidos por la botella, mujeres golpeadas por la vida, soñadores que un día llegaron creyendo que Medellín repartía prosperidad por arrobas y terminaron repartiendo sus ilusiones entre los andenes. Guayaquil era generoso para mostrar las dos caras del país: la del comerciante que levantaba un negocio con una caja de madera y la del desamparado que sólo conservaba el orgullo de seguir respirando.

Sin embargo, hasta la miseria tenía allí un extraño sentido del humor. Porque en Guayaquil el hambre conversaba con la esperanza, y la esperanza casi siempre encontraba un motivo para echarse una carcajada. Tal vez por eso aquel barrio nunca fue únicamente un mercado. Fue un teatro al aire libre donde cada personaje representaba su papel con una dignidad que no cabía en los libros de historia.

Hoy muchos evocan aquel Guayaquil con nostalgia. No porque hubiera sido perfecto —Dios nos libre de semejante exageración—, sino porque era auténtico. Allí el alma paisa andaba sin corbata: comerciante, exagerada, habladora, desconfiada y solidaria al mismo tiempo. Un lugar donde hasta el más pobre tenía algo para vender: una sonrisa, una ocurrencia o una historia capaz de hacer reír mientras la vida seguía cobrando sus cuentas.

Y, cómo no decirlo, Guayaquil también tenía su geografía sentimental. Había una calle —que todos conocían aunque fingieran no saber dónde quedaba— donde las mujeres esperaban apoyadas en los marcos de las puertas, con más maquillaje que ilusiones y una sonrisa aprendida a fuerza de sobrevivir. Eran parte del paisaje, como los vendedores de lotería o los emboladores, sólo que vendían la única mercancía que el tiempo les iba descontando cada día.

Por allí desfilaban, con las manos sudorosas y el corazón desbocado, los muchachos que iban a “graduarse de hombres”. Salían de la casa jurando que iban a comprar unos tornillos o a buscar un repuesto, pero el verdadero encargo era otro. El problema no era entrar; el problema era salir sin encontrarse de frente con un vecino, un tío o, peor todavía, con algún amigo de la mamá.

Y si la suerte era esquiva, además del susto podían llevarse un recuerdo menos romántico. En aquellos tiempos las enfermedades venéreas tenían nombres que sonaban a personajes de novela de terror, y el tratamiento era tan famoso como doloroso. Más de uno regresaba caminando con las piernas abiertas, no por orgullo masculino sino porque la penicilina había hecho estragos y el médico le había prohibido hasta mirar con cariño a las muchachas durante una temporada.

Las madres, que parecían tener un convenio secreto con los ángeles de la guarda, descubrían la aventura sin necesidad de detectives. Bastaba ver la cara de inocencia exagerada del hijo para empezar el interrogatorio. Y si la noticia llegaba primero por boca de algún vecino, al pobre muchacho no lo curaba ni el mejor especialista: le esperaba una paliza doméstica de esas que dejaban más marcas que la misma enfermedad.

Pero detrás de las bromas quedaba una verdad que pocos querían mirar. Muchas de aquellas mujeres no habían elegido ese oficio; habían sido empujadas por la pobreza, el abandono o la violencia. Mientras los hombres contaban sus aventuras entre risas, ellas seguían esperando bajo la misma luz amarillenta, vendiendo compañía para comprar el pan del día siguiente. Guayaquil, con su humor inagotable, también escondía esas tristezas que sólo se entendían cuando el bullicio se apagaba y la noche empezaba a recoger sus personajes.