Casas de inquilinato

Por Oscar Dominguez
En el prontuario de millares de personas en la aldea global que hemos tenido que salir de nuestras casas en busca de un espacio bajo cualquier sol laboral, hay frías casas de inquilinato. En ellas empezamos a vivir el que llamaré genéricamente sueño americano, siempre adobado con inevitables y enriquecedoras zozobras.
Con la venia de la sala, hablaré de mi experiencia. En una de esas casas, en pleno centro bogotano, “éramos seis los caballeros”. Compartíamos aire con siete gatos. La manifestación de felinos y sus inquilinos éramos la prole para los dueños de casa.

Imponía prusiana disciplina doña María, una frágil y diminuta mujer a la que los aguaceros bogotanos jamás lograron despojar de su acento caribe. Le hacía la segunda su marido, don Rafael, callado, misterioso, delgado como un salmo. No conoció el mar ni el estrés.

Don Rafa, celador de profesión, siempre decía la última palabra: “Sí, María”. Su mujer de un temple tal que no tenía otra opción que admitir: “En esta casa se hace lo que yo obedezco”.


Unieron monotonías y se casaron para tener con quién hablar. O callar. El uno tenía al otro por cárcel perpetua. Extraña forma de buscar la felicidad. “Estando los dos estaban todos”.
A principios de mes, la patrona ponía cara de lunes en la tarde para evitar que sus nostálgicos desarraigados, nos fuéramos a colgar en el arriendo. No admitía inquilinos de ojos claros. Le traían mala suerte.

La dueña dormía con ojos abiertos y oídos despiertos. Solo cuando constataba que estábamos todos, cerraba la tienda y caía en manos de Morfeo. Eran los únicos cuernos que se permitía.
Prohibición terminante: no a mujeres extrañas en casa. Para que se cumpliera la norma, les había enseñado a sus gatos – que hacían las veces de perros- un extraño alfabeto morse de maullidos para delatar infractores.

De esta forma, sus “panteras en miniatura” pagaban el arriendo, la comida y la orgía de arrumacos que les prodigaba el matrimonio. En nuestras habitaciones faltaba siempre ternura de mujer. El cuarto era una babel de trapos por todas partes. Era nuestra callada protesta contra esa soledad instalaba hasta en la cédula. Curioso, pero a la septuagenaria patrona le gustaba la música de los Rolling Stones que salía de mi cuarto. «Es la música de acuario», decía.

Los inquilinos no nos conocíamos. Nos sospechábamos. Todos teníamos cara de retratado hablado. O de N.N. Compartíamos anónimas hojas de vida. Había agua caliente cada quince días. O cuando la casera despertaba de buenas pulgas. Nadie se colaba a la hora del fugaz baño con agua importada de algún remoto iceberg.

Nos cobijábamos con la nostalgia o falta de terruño de los demás. La saudade en compañía es menos saudade, asumíamos los protagonistas de ese exilio o diáspora. El azar en su advocación de suerte, era otro de sus rebusques. En sus ocios reencarnaba en gitana. Entonces bajaba predicciones de los astros como quien baja pornografía de Internet. Corroboraba sus predicciones astrales tirando las cartas. Sus clientas preferían visitarla los días impares cuando tenía más afilaba la vena de arúspice.

Atendía hombres únicamente los lunes. A los inquilinos que queríamos desentrañar el futuro, nos encimaba el pasado que a veces es más “prometedor”. Sus inquilinos pagábamos mitad de tarifa.
De pronto el cartero tocaba a la desvencijada puerta. “Fulano, le escribieron”, gritaba, feliz de que alguien en el mundo y sus alrededoes se acordara de alguno de sus solitarios robinsones.

Cuando estaba en vena, invitaba a almorzar. Me tocó el turno un “triste domingo” salido de un tango de Magaldi, en el que uno de los gatos amaneció muerto de una de sus siete vidas. Decliné la invitación ante la perspectiva de comer ajiaco con gato. Como los asesinos que regresan a la escena del crimen, alguna vez volví al barrio. La propiedad horizontal había arrasado la casa de inquilinato. Tuve la sensación de que había empezado a morir. Me sentí “aceptablemente póstumo”, dicho sea con el malpensante Gesualdo Bufalino.

Por Oscar Dominguez

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