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Ideas mínimas para envejecer


Por Oscar Dominguez
“Envejecer no es deteriorarse”. Lo dijo un viejito chévere, Gonzalo Canal Ramírez, en el libro-biblia que lleva ese nombre.

Siento que envejecer es cambiar de médicos, amistades, aficiones, intereses, atardeceres, libros. Es aprender no solo a perdonar, sino a olvidar, que es más sanador.

Envejecer nos depara verbos sorpredentes como ennietecer que nos da la oportunidad de volver a ser niños. O dejar salir el niño que no fuimos.

A quienes estamos más cerca del barrio de los acostados que de la cuna, nos dicen “adultos mayores”. O miembros de la tercera edad.  Gracias, pero tanto eufemismo no pagamos el arrienda ni nos evita arrugas.  A mis 67 abriles hablo  con conocimiento de causa.

En este desorden de ideas, considero que no está mal valerse de trucos inocentes para que no se note el ocaso. Con la idea de escurrirle el bulto a los años me dejé crecer el bigote para que escondiera ese implacable código de barras (=arrugas) que se va formando sobre el labio.

Otro truco para frenar la vejez es tomado de las obras completas de Perogrullo: no mirarse al espejo. Ensáyenla. De paso, se ahorrarán cirujano plástico.

Cuando el eco era el único periódico que circulaba, pelecharon catanos famosos como Matusalén cuya edad, según el Génesis, oscila entre 130  y 969 años. También varía la de papá Adán: 130, 800, 930 años. El patriarca Abraham paró el reloj de sol en 130 años, una cifra más manejable.

El pastor y
teólogo Darío Silva, de la Iglesia Casa sobre la Roca, citando a Henry Morris, padre del creacionismo, dice que  “parece
demostrable científicamente, que la tierra, antes del diluvio, estaba envuelta en una subatmósfera lluviosa que filtraba la luz solar y producía un clima ideal que prolongaba la vida humana y animal”.

Monseñor Bernardo Merino, anglicano, opina que “la Biblia es una obra maestra del lenguaje figurado. Enseña con  imágenes. El literalismo no es aplicable. Las fechas bíblicas han de ser recibidas con el beneficio de la duda”.

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Aterrizando en la pragmática era de internet antípoda del eco, algunos médicos estiman que envejecemos desde los 49-56 años (edad incipiente). Estadísticas aparte, envejecemos cuando “el recuerdo es más fuerte que la esperanza”. O cuando no hablamos, contamos anécdotas: “Eso me recuerda la vez que…”.

El promedio de
vida ha aumentado. Antes, la andadura era más corta. A los 40-50 años, la gente ya estaba cargando gladiolos en el cementerio. La medicina ha aumentado la expectativa de vida. Sesentones, setentones, ochentones, hacen parte del
paisaje.

“A los ochenta, todo contemporáneo es un amigo”, dicen que decía Stravinski. Lo ideal sería vivir hasta el final de tal manera que lo lamente hasta el dueño de la funeraria, opinaba Mark Twain.

A los noventa años dice la señora que me prestó su hotel de cinco estrellas para vivir gratis durante 9 meses: he vivido el
invierno, el verano, la primavera y el otoño. (En el óleo que acompaña esta nota que ha sido ampliada, Doña Geno, mi madre, pintada por su nuera la pintora
Gloria Luz Duque Ochoa)

Cerremos la tienda con el título de un libro reciente de Luz María Londoño: “Viejo es aquel que tuvo la suerte de llegar a la vejez”. Les dice adiós un hombre con suerte. (Publicado en El Informador, de Comfama)

 

Viejos

Hace poco, por
televisión, le preguntaban a un anciano:


¿Y
usted a qué se dedica?


¿Yo?
Me dedico a ser viejito. Y acompañó la respuesta con la mejor de sus
desdentadas sonrisas.

Un ciego famoso,
Borges, anotó irónicamente alguna vez: No soy viejo, pero hace mucho tiempo soy
joven. Y siguió  disfrutando la maestría
de Dios que, “con magnífica ironía, me dio al mismo tiempo los libros y la
noche”.

El cineasta
Federico Fellini se miró al espejo mientras se afeitaba y pensó: “¿De dónde ha
salido este viejo? Entonces me dí cuenta de que era yo, y todo lo que quería
hacer era trabajar. Es tu trabajo lo que te hace sentir joven”.

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Cada cual habla
de la vejez como le va en ella.”Cuando llegues, vejez, no te insolentes,
aprende a respetar a los mayores”, ordena el juglar paraguayo Horacio Guarany
en una de sus canciones en honor de quienes viven en condición de
millonarios… en segundos-vida.

La que envejece
es la cédula, decimos evasivamente quienes empezamos a respirarle en la  nunca a la también llamada eufemísticamente
tercera edad.

Envejecer no es
deteriorarse, nos animan nuestros gurúes gerontológicos. Los hay que
sostienen  que la vejez arranca cuando se
caen el pelo, las ilusiones o los sueños. ¿O será cuando empezamos a perder
vigencia?

Para empezar,
¿qué significa perder vigencia? Si implica no volver a ser invitados a cocteles
o almuerzos donde hay que inventar sonrisas, estar de acuerdo y dar palmaditas
lagartas en la espalda al sagrado anfitrión, inventar solidaridades, tener
éxito siempre, pensar una cosa y tener que decir otra, bienvenidas esas veladas  gastronómico-etílicas.

Si el amigo  o tradicional interlocutor en cualquier
profesión, no te volvió a pasar al teléfono porque ya no eres  el sujeto “importante” de antes, ¿con amigos
así, para qué enemigos?

El “viejo” García
Márquez repite que sus amigos son los que tenía con anterioridad a la
adjudicación del Nobel de literatura. Los demás, se puede agregar, son cómodos
paracaidistas en nuestra hoja de vida.

Rico ir por la
calle, anónimo como la sota de bastos, con todo el tiempo del mundo para “leer”
el paisaje citadino o rural, repasar gratis en los kioscos los titulares de
diarios y revistas como se despeluca el mundo, entrar a un cine a horas
inverosímiles.  “mientras el músculo
duerme” o “la ambición trabaja”.

Por carecer de
vigencia, el sol sigue saliendo, ningún espléndido aguacero ha hecho huelga de
gotas caídas, el arcoiris no ha reducido el número de  colores, las bancas de los parques sigue
acogiendo glúteos jubilados.

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Muchas ventajas
tiene carecer de vigencia. El estrés se va vacaciones, se recuperan kilos
perdidos, vuelve a servir la ropa vieja y hay tiempo para leer ese libro
aplazado setenta veces siete.

Lejos del
protagonismo laboral, mejor dicho, en el asfalto, se pueden recuperar abrazos
nunca dados, besos embolatados, boleros no bailados, poemas jamás escritos
porque había que rendir desde el amanecer hasta cuando el sol nos decía adiós
desde el ocaso.

¡Además: cómo
desestresa saber que hay gente triturando horarios mientras disfrutamos de la
condición de miembros de la familia Miranda, esa que atisba vitrinas, o cuartos
traseros femeninos que se contonean por la pasarela.

Gracias a su
majestad la no vigencia, ¿cuántos cocteles inútiles nos habremos ahorrado,
cuántos fulanos dejaron de utilizarnos en su beneficio personal, cuántas
trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron remplazadas por
madrugadas fructíferas?

Cuando  pasamos a la clandestinidad nos espera el
difícil y bello reto de ser anónimos por convicción, en lugar de ser notorios e
“importantes” por convención.

Así sea a la brava,
la conclusión es que, con la edad,  nos
llega el momento de fundar el sindicato que tendría, en principio, esta divisa:
la vida es posible también sin estar vigentes. De anonimato nadie ha muerto.

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