El Viajero y la Caída del Cielo
Cuenta la leyenda (y un viajero que se bajó de la Flota Granada en la esquina de Amador con Tenerife) que cuando él llegó al Bar Yanuba, creyó que había aterrizado en otro planeta. En su pueblo, el que servía licor era un señor con bigote de mecha, aquí se topó con unas mujeres que no solo servían, sino que lo miraban a uno como si le estuvieran leyendo la cartilla del Banco de los Pobres.
El man, que venía con la maleta en una mano y la ilusión en la otra, no entendía nada. Él pidió una cerveza y la copera, una tal La Gata (porque maullaba cuando el cliente no pedía la segunda ronda), le respondió:
—Mi choche, aquí el que pide solo una cerveza, o está enamorado o es un tacaño de esos que guardan el peso para el bus. Siéntese, que yo le ayudo a gastar esa platica.
¿Qué era ser copera? (Y no, no era lo que su mente malpensada cree)
La copera no era una “dama de la noche” de esas que andan con tapado y tacón por la calle. No señor. La copera era una psicóloga de bar, una relacionista pública de cantina, una estratega de la sed. Su trabajo era alternar, palabra fina que en cristiano significa: “Sentarse con usted, reírse de sus chistes malos, hacerle creer que es el más interesante del mundo y, de paso, secarle la botella en menos de lo que canta un gallo.”
El negocio era más enredado que una deuda con el prestamista. Ellas no tenían un sueldo decente. ¡Qué va! El sueldo era pa’ la risa. Lo de ellas eran las fichas. Por cada cerveza light (esa que era más aguada que sopa de rancho) que usted le pagaba, ella recibía una fichita de metal o plástico. Al final de la noche, cambiaba esas fichas por plata. O sea, mientras más hablador fuera el cliente, más fichas tenía ella. Si el cliente era mudo, la copera se iba con las manos vacías y con el ojo morado de la desesperación.
El Tarky, el Gricel y la Rocola de los Amores
Ahí estaba el arte. Si en la rocola del Tarky sonaba un bolero de Los Panchos, la copera se ponía melancólica y le decía al cliente: “Ay, mi vida, esta canción me recuerda a mi primer amor, que se fue por no comprarme un trago. ¿No me invita otro pa’ ahogar la pena?” Y el cliente, bobo pero con buen corazón, pedía otra ronda.
En el Gricel, si sonaba una cumbia, la cosa cambiaba. Ahí la copera se levantaba un poquito, movía las caderas más que un ruletero en mala calle y le decía: “¡Báileme, pues, mi negro, que pa’ eso traigo fichas!” Y el hombre, que ya iba con la lengua suelta, pedía otra botella para agarrar valor.
El “Otro Negocio” (o “La Vuelta de la Tortilla”)
Ahora, no se haga el desentendido. Existía la famosa “salida”. Pero eso no era parte del contrato de la ficha, eso era un upgrade, un paquete premium. Si el cliente se ponía muy cariñoso (o muy borracho), tenía que hacer un trato por fuera. Primero, pagarle una “multa” al dueño del bar, que Don Chepe Rúa llamaba “el rescate”. Segundo, pagar el cuarto en el hotel de la vuelta. Y tercero, ponerse de acuerdo con la copera, que si ella quería, porque si no, lo mandaba a freír churros con la mano cambiada.
Un cliente le preguntó una vez a La Negra Mery, famosa en el barrio:
—Oye, Mery, ¿y cuánto es pa’ llevarte?
Y Mery, con la mano en la cadera y una sonrisa de oreja a oreja, le respondió:
—Mijo, pa’ llevarme a mí no le alcanza ni con la herencia de su abuelo. Pero si quiere charlar, siéntese, que la cerveza está fría y la noche es larga. Eso sí, ya le voy avisando: mi corazón es caro, pero mis oídos son más baratos que un raspado.
La Frontera Borrosa
Esa era la vaina. La frontera entre la copera y la del otro oficio era más borrosa que un lente empañado. Las casas de citas estaban a la vuelta, sí, pero en la cantina, la copera era la reina. La gente del barrio sabía la diferencia: una era pa’ beber y charlar; la otra, pa’ lo otro. Pero como el sueldo era tan flaco, muchas coperas terminaban haciendo el “extra” pa’ completar la olla.
El Final del Viajero
El viajero ese que se bajó de la Flota Granada, después de tres cervezas con La Gata, quedó tan encantado que se fue sin maleta. Se la robó un llavero, pero él no sintió porque la copera le había dicho que él era “el hombre más interesante que había conocido desde el terremoto del 42”. Cuando despertó al otro día, sin plata y sin ropa, lo único que atinó a decir fue:
—¡Qué mujer tan sabrosa! Me dejó más pelado que una rodilla de cura, pero con una sonrisa que ni el Banco Central me la quita.
Moraleja pa’ los que quedan:
De esas coperas no quedaron nombres en los archivos, porque los archivos los escriben los hombres serios, no los que andaban de parranda. Pero si usted se asoma al recuerdo, en el aroma del ron y en el sonido de una rocola vieja, todavía se escucha su risa, pidiendo una ficha más, mientras el Guayaquil de antaño se tomaba la noche a pico y pala, con la elegancia de un pobre y la picardía de un pillo.
Porque ellas, las coperas, no eran santas ni eran pecadoras: eran la bisagra entre el trago y el alma, el puente entre el bolsillo y el corazón. Y si no me cree, vaya al Bar Yanuba y pregunte por La Gata. Si no aparece, es porque se fue a fichar a otro cielo.
¡Salud, que la vida es un trago y hay que tomárselo con soda!