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Novena y natilla, tradición antioqueña


A excepción del Bajo Cauca y Urabá, la geografía antioqueña se caracteriza por ofrecer en diciembre una gastronomía de la que no puede excluirse la natilla. Las festividades navideñas se celebran de diversa forma de acuerdo con las regiones. Sin embargo, a lo largo y ancho del territorio antioqueño -y en el viejo Caldas por extensión- la natilla como plato típico va ligada a la Novena del Niño Dios y a la tradición.

Todavía en muchos lugares se cocina el maíz y se prepara la colada en pailas grandes y en fogón de leña, a pesar del uso casi generalizado de la natilla comercial de marca, que este año llegó estrenando el coco incorporado y hace rato viene con la panela y la fécula mezcladas en la caja.

La cuestión no se limita al dispendioso proceso de hacer bien este tipo de postre paisa por excelencia, sino que se extiende al ritual de raspar el recipiente y el mecedor, armado de cucharas, nietos y sobrinos, sin descartar la posibilidad del asalto furtivo a la cocina para hurtar buñuelos o sustraer hojuelas, aunque se corra el riesgo de ser delatados por el crujir de aquellas.


Aún en tiempos difíciles (¿y cuáles han sido fáciles?) los antioqueños disfrutan estas costumbres navideñas o -como mínimo- las añoran y están dispuestos a perpetuarlas. Muchos viajan al pueblo natal para reunirse con las tías que echaron raíces y renunciaron a montar diario en Metro y a ir de compras al supermercado. Hay fiestas del retorno y cabalgatas para recibir a los hijos pródigos y a los nietos prodigio que manejan computador y están en la universidad, pero que también sienten el llamado de la sangre, de la tierra y de la magia decembrina.

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Por todos lados
En Frontino comienza la Novena a las seis de la tarde y los vecinos van de casa en casa cantando villancicos y repitiendo la esperanzadora frase de “todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado”. La romería termina como a las nueve y media, con la barriga llena de natilla, dulce de brevas y papaya, buñuelos y otras delicias, y con el alma tocada por un halo de esperanza.

En Concepción (La Concha, para los amigos) hay más población flotante que local en esta época y la mayoría de los que llegan se unen a los festejos. La celebración se inicia con expresiones de fervor el 29 ó el 30 de noviembre, con las novenas a la Inmaculada Concepción , cada día desde una vereda diferente, con procesión y todo. La última se realiza en el pueblo y con ella comienzan en firme la Navidad, el concurso de pesebres y el empuje de la colonia residente en Medellín, que prepara los regalos para los niños de menores recursos.


La gente aprovecha para ir a los charcos de San Bartolo y Los Guayabales, o a las moliendas, donde se borran las diferencias entre nativos y visitantes, como explica Oscar Arango, oriundo de estas tierras y defensor de sus tradiciones.

Carriel y poncho
El Suroeste no cede terreno y cada año reedita el ritual católico del nacimiento del Redentor. A ritmo de villancicos y música parrandera, Andes, Fredonia, Jericó y Valparaíso compiten con Caramanta, Támesis y Betulia por atraer a los que emigraron en busca de futuro, educación o empleo, para que regresen a disfrutar alrededor de la hoguera, o se sienten en el rincón de las enjalmas a repasar niñeces y a comer natilla con una abuela fabricada a prueba de años.

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Carriel y poncho son aliados y confidentes. El que tiene y puede, arrima al pueblo en bestia a compartir en la plaza, donde no falta el amigo, el conocido o el lugareño que le brindan un trago con gesto cordial, como en los buenos tiempos, asegura Aníbal Cano.

La verdad es que cada uno, en el lugar escogido para disfrutar su diciembre, mira el pesebre y revive mentalmente los años de la dorada infancia y su primer traído. De cualquier modo, sueña y recuerda que la Navidad tiene olor a clavos y a canela y que en cada rincón de esta tierra, la natilla es una oda al maíz y otra razón de ser del paisa.

El Colombiano

 

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